1º de Mayo (I): El origen de la jornada laboral de ocho horas 

Este artículo inaugura una serie dedicada a analizar el origen histórico y el significado del 1º de Mayo, Día Internacional de la Clase Trabajadora. En un contexto marcado por la precarización del empleo, el debilitamiento de los derechos laborales y la normalización de jornadas cada vez más flexibles y extensas, revisar el pasado del movimiento obrero no es solo un ejercicio histórico, sino una necesidad para comprender cómo se conquistaron derechos que hoy vuelven a ponerse en cuestión. A lo largo de esta serie abordaremos las principales reivindicaciones, conflictos y procesos históricos que dieron forma a esta fecha, comenzando por una de las demandas más emblemáticas: la jornada laboral de ocho horas. 

La limitación de la jornada laboral, y en particular la implantación de la jornada de ocho horas se encuentra en el origen mismo del 1º de Mayo. Tal y como señaló el historiador Maurice Dommanget, esta reivindicación fue una de las bases fundamentales del movimiento obrero, aunque no se trataba de una demanda completamente nueva. 

Según explica Juan Hernández, la idea de repartir el día en “los tres ochos” tiene antecedentes muy antiguos. Ya en el siglo IX, el monarca británico Alfredo el Grande propuso dividir las veinticuatro horas del día en tres partes iguales: ocho dedicadas a los ejercicios de piedad; ocho al sueño, el estudio y la recreación; y ocho a los asuntos públicos. Sin embargo, no fue hasta el siglo XIX cuando esta fórmula adquirió un sentido claramente reivindicativo. 

El primero en formular de manera moderna la propuesta de las Tres Ocho fue el reformador social Robert Owen, a comienzos del siglo XIX. Owen defendía que una jornada de ocho horas era el máximo que los trabajadores podían soportar sin poner en riesgo su salud física y moral. Además, sostenía que esta reducción era perfectamente viable, ya que los avances técnicos y los nuevos descubrimientos permitían producir lo necesario para vivir. 

A lo largo del siglo XIX, la reivindicación de la jornada de ocho horas fue asumida por los movimientos obreros tanto en Europa como en América. Desde Inglaterra hasta Francia y Estados Unidos, los trabajadores la consideraron una medida imprescindible para mejorar sus condiciones de vida. 

La implantación de la jornada de ocho horas respondía a varios objetivos. Por un lado, permitiría repartir mejor el trabajo existente y reducir el número de personas en situación de desempleo. Por otro, garantizaría a los trabajadores un tiempo libre básico para el desarrollo personal. Ese tiempo libre era entendido como un elemento clave para la formación, la educación y la toma de conciencia de la clase trabajadora. 

Por todo ello, la lucha por la jornada de ocho horas no fue únicamente una reivindicación laboral, sino también un proyecto social y cultural que se sitúa en la base del significado histórico del 1º de Mayo. 

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