El sistema político de la Restauración borbónica


Introducción

El sistema político de la Restauración borbónica fue diseñado principalmente por Antonio Cánovas del Castillo, cuyo objetivo era poner fin a las revoluciones, pronunciamientos y cambios de régimen constantes que habían marcado el siglo XIX. Para ello, se intentó construir un modelo basado en la estabilidad institucional, combinando monarquía y liberalismo, respetando el papel social de la Iglesia y limitando la participación de aquellos grupos considerados una amenaza para el orden político y social.

A lo largo de este periodo pueden distinguirse dos grandes etapas. La primera, entre 1875 y 1902, corresponde al momento de consolidación del sistema, durante el reinado de Alfonso XII y la regencia de María Cristina. La segunda se abre en 1902, con la mayoría de edad de Alfonso XIII, y está marcada por la crisis progresiva del régimen, que acabaría colapsando en 1931.

En las siguientes líneas veremos cómo era el sistema político ideado por Cánovas del Castillo, puesto en marcha tras el golpe de Estado de Martínez Campos, un régimen que aspiraba a cerrar la etapa de revoluciones e inestabilidad, pero que acabaría enfrentándose a sus propios límites.


Cánovas del Castillo y los fundamentos de la Restauración

Tras unas primeras décadas del siglo XIX marcadas por el caos, guerras y cambios de régimen, Antonio Cánovas del Castillo decidió que España necesitaba estabilidad. Su idea era sencilla: combinar la fuerza histórica del rey y las Cortes con un sistema político inspirado en Inglaterra, donde dos grandes partidos se turnaran en el poder (bipartidismo). Creía en una Constitución flexible que pudiera unir a todas las corrientes liberales y evitar golpes de Estado. Para que todo esto funcionara, promovió la renuncia de Isabel II y el ascenso de Alfonso XII, quien se presentó (Manifiesto de Sandhurst) como un rey constitucional, defensor de la unidad de España y del catolicismo. Cánovas también quiso que el ejército obedeciera al poder civil y contó con el apoyo de las élites bajo el lema de “paz y orden”. Así nació un sistema donde el poder se compartía, los partidos se alternaban y España podía, por fin, disfrutar de cierta estabilidad política.

Esquema del sistema canovista, basado en la soberanía compartida, la Constitución de 1876 y el bipartidismo del turno pacífico.

La base política del sistema fue la creación de un inspirado en el modelo británico. Los dos grandes partidos fueron el Partido Conservador, liderado por Cánovas, heredero del Partido Moderado, y el Partido Liberal, dirigido por Práxedes Mateo Sagasta, que recogía los ideales del liberalismo progresista adaptados a los límites del sistema canovistas.


La Constitución de 1876

El marco jurídico del régimen fue la Constitución de 1876, aprobada por las Cortes Constituyentes en julio de ese año. Fue la constitución más duradera del siglo XIX español. Se trataba de un texto breve, de 89 artículos, de carácter moderado e intermedio entre las constituciones de 1845 y 1869. Fue elaborada con espíritu de pacto entre las principales corrientes del liberalismo que posteriormente se alinearon entre el Partido Conservador, liderado por Cánovas, y el Partido Liberal, liderado por Sagasta, a imagen de la política y los partidos políticos ingleses.

La soberanía se establecía como compartida entre el rey y las Cortes, aunque con clara preeminencia del monarca, que podía nombrar y destituir gobiernos, convocar y disolver las Cortes, ejercer el derecho de veto y dirigir el ejército. Las Cortes bicamerales estaban formadas por un Congreso de los Diputados, elegido por distritos unipersonales, y un Senado de carácter elitista, compuesto por senadores vitalicios, de designación real y electivos por corporaciones y grandes contribuyentes.

La Constitución no fijaba el tipo de sufragio, que quedaba regulado por leyes ordinarias: en 1878 se implantó el sufragio censitario y en 1890 el sufragio universal masculino para mayores de 25 años. Se reconocía una declaración de derechos, inspirada en la de 1869, pero su aplicación podía ser limitada por leyes ordinarias. El catolicismo fue declarado religión oficial del Estado, permitiéndose el culto privado de otras confesiones.

Constitución de 1876

Bipartidismo, turnismo y caciquismo

El funcionamiento real del sistema político se basó en el bipartidismo, el turnismo y el caciquismo.

El bipartidismo es La alternancia pacífica en el poder de conservadores y liberales se realizaba mediante un acuerdo tácito entre los dirigentes políticos y la Corona. El Partido Liberal Conservador representaba a los grandes propietarios agrarios, empresarios industriales y sectores católicos, mientras que el Partido Liberal Fusionista agrupaba a progresistas, demócratas y republicanos moderados, representando a las profesiones liberales, funcionarios y militares.

Estos partidos no eran organizaciones de masas, sino partidos de notables, con una estructura débil y una ideología poco definida, cuyo objetivo principal era el control de las elecciones. Cuando el rey nombraba un nuevo gobierno, se disolvían las Cortes y se convocaban elecciones para asegurar una mayoría parlamentaria al partido entrante, dando lugar al llamado turnismo.

El sistema electoral estaba dominado por el fraude, de modo que las elecciones solo ofrecían una apariencia democrática. Entre las prácticas fraudulentas destacaban el encasillado, la manipulación del censo, el pucherazo y, sobre todo, el caciquismo, una red de poder local basada en el clientelismo, la coacción y la corrupción, especialmente eficaz en el medio rural.


El turnismo durante el reinado de Alfonso XII y la regencia de María Cristina

Durante el reinado de Alfonso XII (1875-1885) se consolidó el sistema de la Restauración. Los primeros gobiernos conservadores aplicaron una política de orden, centralización y represión, pusieron fin a la Tercera Guerra Carlista y a la Guerra de Cuba iniciada en 1868, y reforzaron las relaciones exteriores. Tras la aprobación de la Constitución se restringieron libertades y se mantuvo un sufragio muy limitado.

En 1881 Cánovas cedió el poder a Sagasta, que impulsó una política de ampliación de derechos y libertades, permitió la legalización de asociaciones obreras y partidos políticos como el PSOE, y promovió reformas en el ejército y en la Hacienda.

La muerte de Alfonso XII en 1885 abrió la Regencia de María Cristina de Habsburgo. Para garantizar la estabilidad se firmó el Pacto del Pardo, que reafirmó el turnismo. Durante el llamado gobierno largo de Sagasta se aprobaron medidas como la libertad de prensa, asociación y cátedra, y el sufragio universal masculino en 1890, aunque el fraude electoral continuó.


La crisis de fin de siglo

A finales del siglo XIX el régimen entró en crisis. La insurrección cubana de 1895, el conflicto en Filipinas y la intervención de Estados Unidos condujeron al desastre colonial de 1898. A ello se sumaron la cuestión social, la represión del movimiento obrero, las críticas al ejército y al sistema de quintas, y el auge de los regionalismos y nacionalismos. Aunque la Restauración se mantuvo formalmente hasta 1902, con la proclamación de Alfonso XIII, el sistema mostraba claros signos de agotamiento estructural.


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