14 de abril de 1931: anécdotas de la República
Eibar, la primera en alzar la bandera
Antes incluso de que Madrid se sumara a la proclamación, la localidad guipuzcoana de Eibar ya había dado el paso. En la madrugada del 14 de abril de 1931, tras conocerse los resultados de las elecciones municipales y ante el clima de entusiasmo popular, los concejales republicanos decidieron actuar sin esperar acontecimientos en la capital.
A las seis y media de la mañana, el joven concejal Mateo Careaga, miembro de Acción Republicana, subió al balcón del ayuntamiento y izó la bandera tricolor ante un grupo de vecinos que comenzaba a concentrarse en la plaza. No fue un acto multitudinario en sus inicios, sino más bien un gesto decidido y simbólico que rápidamente fue corriendo de boca en boca por la ciudad.
Conforme avanzaban las horas, la noticia se extendió y más vecinos salieron a la calle para celebrar lo que ya consideraban un cambio irreversible. Así, Eibar se convirtió en la primera ciudad en proclamar la Segunda República, adelantándose varias horas a Madrid y marcando el inicio de una jornada que transformaría el rumbo político de España.
La República, proclamada por un repartidor de telegramas
El 14 de abril de 1931 dejó escenas tan inesperadas como simbólicas. Entre ellas, una de las más conocidas es la aparición de la bandera republicana en el Palacio de Comunicaciones, en la Plaza de Cibeles, incluso antes de que la República se proclamara oficialmente en Madrid.
Según diversos testimonios, Manuel Azaña y Miguel Maura, al pasar por la zona, comprobaron que la bandera ya ondeaba en el edificio. Aquella imagen reflejaba con claridad que los acontecimientos se estaban adelantando a cualquier decisión formal: la República, en cierto modo, ya estaba en la calle.
Tradicionalmente, se ha difundido la historia de que fue un repartidor de telegramas quien colocó la bandera. Sin embargo, las fuentes históricas invitan a matizar esta versión. No existe una confirmación documental que permita identificar a una persona concreta, aunque sí hay consenso en que fueron empleados del propio edificio o ciudadanos anónimos quienes, de manera espontánea, empezaron a sustituir los símbolos monárquicos por los republicanos.
Relatos contemporáneos, como los recogidos por Josep Pla o en las memorias de Miguel Maura, coinciden en destacar el carácter casi improvisado de la jornada. Las banderas aparecían en balcones, edificios oficiales y calles sin una orden centralizada, impulsadas por la iniciativa popular.
Más allá de la precisión del detalle, la anécdota encierra una idea fundamental: la proclamación de la Segunda República no fue únicamente el resultado de acuerdos políticos, sino también de gestos espontáneos que reflejaban un cambio ya asumido por buena parte de la sociedad.
El barco que cambió de nombre en alta mar
Mientras tanto, Alfonso XIII abandonaba España desde Cartagena en la noche del 14 de abril de 1931, poniendo fin a su reinado de forma discreta y sin abdicar formalmente. Su marcha se produjo en un clima de tensión contenida, pero sin enfrentamientos, con el objetivo de evitar un conflicto civil.

Durante mucho tiempo se ha difundido la anécdota de que el buque en el que partió, el Príncipe Alfonso, cambió su nombre a Libertad al regresar a puerto. Sin embargo, esta historia no está documentada en fuentes históricas fiables y debe considerarse más bien una interpretación simbólica o una tradición posterior.
Lo que sí está confirmado es que el rey salió desde Cartagena rumbo a Marsella y, posteriormente, inició su exilio fuera de España. Su decisión de marcharse sin resistencia facilitó una transición rápida hacia la Segunda República, que ese mismo día se proclamaba en distintas ciudades del país.
Más allá del detalle del nombre del barco, este episodio refleja el carácter singular de aquel momento: un cambio de régimen que se produjo con rapidez y sin violencia directa, en contraste con otros procesos similares en la Europa de la época.

