El desastre de 1898: la crisis y el regeneracionismo

«Se había perdido un imperio, y España, obligada a mirarse por fin sin él, se preguntó qué había fallado.» Con esa pregunta terminaba la entrega anterior de esta serie. Y esa pregunta, lejos de ser retórica, se convirtió durante los años siguientes en el gran debate nacional: ¿qué había fallado, exactamente, y quién tenía que arreglarlo?

El punto de partida: el Tratado de París

El 10 de diciembre de 1898 se firmó en París el tratado que puso fin formalmente a la guerra. España reconocía la independencia de Cuba —que, en la práctica, quedaría bajo tutela estadounidense durante los años siguientes—, y cedía a Estados Unidos Puerto Rico, Guam y el archipiélago filipino, este último a cambio de una compensación económica de 20 millones de dólares. Así, en cuestión de meses, cuatro siglos de imperio colonial español se liquidaban sobre el papel. A partir de ahí, la pérdida se dejó sentir en dos planos distintos, aunque profundamente conectados: el económico y el político.

Tratado de Paz de Paris, diciembre de 1898

La crisis: del golpe económico a la crisis política

El golpe económico

La pérdida golpeó de forma muy desigual a los distintos sectores económicos peninsulares:

  • La industria textil catalana, que durante décadas había contado con el mercado colonial cubano como destino protegido y prácticamente cautivo de sus tejidos, se encontró de golpe sin ese respaldo comercial.
  • Los comerciantes y navieros vinculados al tráfico colonial, especialmente en Cádiz y Barcelona, sufrieron pérdidas directas e inmediatas.
  • Decenas de miles de soldados repatriados, muchos de ellos enfermos o mutilados, regresaron a una España que no tenía ni los recursos ni las estructuras para reincorporarlos.

Pero, no todo el balance fue, sin embargo, tan negativo como cabría esperar a primera vista: una parte del capital que hasta entonces circulaba en el negocio colonial —el de los llamados indianos y comerciantes retornados— acabó reinvertido en la economía peninsular, alimentando en los años siguientes, cierto impulso industrial y bancario, sobre todo en el País Vasco y Cataluña. Historiadores de la economía como Gabriel Tortella o Jordi Nadal han matizado, en este sentido, la imagen de un «desastre» puramente destructivo, sin negar por ello el golpe real que supuso la pérdida de los mercados coloniales para los sectores mencionados arriba.

El golpe político

El impacto más profundo, sin embargo, se produjo en el terreno político, en el momento en el que el golpe económico se transformó en una auténtica crisis de legitimidad de todo el sistema de la Restauración. Y eso se dio a partir del momento que la derrota puso en evidencia, ante la opinión pública y ante buena parte de las propias élites, la incapacidad del sistema político de la Restauración —el turno pacífico entre conservadores y liberales, el caciquismo, la vieja clase dirigente formada tras 1875— para gestionar los grandes retos del país. Porque,si aquel sistema no había sido capaz ni siquiera de conservar lo que quedaba del imperio ¿para qué servía, entonces, tal y como estaba organizado?

Así pues, la derrota no creó por sí sola los problemas de España, pero actuó como un detonante que hizo visibles, de golpe, unas carencias que llevaban décadas acumulándose a partir de un sistema basado en el fraude electoral y el control caciquil más que en la participación real de los ciudadanos; un ejército sobredimensionado en mandos pero incapaz de una modernización real; una Hacienda pública exhausta; y una clase dirigente que había gestionado el imperio, hasta el final, más como una fuente de rentas y prestigio que como una responsabilidad de Estado.

A esto se sumó un fenómeno casi psicológico, muy característico de las grandes derrotas nacionales: la necesidad urgente de encontrar culpables. Los militares acusaron a los políticos de no haberles dado los medios necesarios para ganar la guerra; los políticos acusaron a los militares de incompetencia; y una parte creciente de la sociedad civil, ajena a ambos bandos, concluyó que el problema no estaba en tal o cual responsable concreto, sino en el propio sistema que los había puesto a todos en sus puestos. Si el sistema no había sabido defender el imperio y tampoco parecía capacitado para gobernar lo que quedaba de España, entonces había que cambiarlo.

Las respuestas: regeneracionismo y nuevas fuerzas políticas

De ese diagnóstico compartido —algo tiene que cambiar de raíz— surgieron varias respuestas, no siempre compatibles entre sí.

El regeneracionismo

La respuesta más influyente fue el regeneracionismo, un movimiento intelectual y político cuyo representante más citado, el jurista y polemista aragonés Joaquín Costa, resumió el diagnóstico en una fórmula que se haría célebre: España necesitaba «despensa y escuela» —desarrollo económico y educación— antes que discursos grandilocuentes, y una «cirugía de hierro» que apartase del poder a la vieja clase política caciquil. El regeneracionismo no fue un partido ni un programa unificado, sino más bien un estado de ánimo compartido por sectores muy distintos —desde ingenieros y economistas hasta políticos dentro del propio sistema de la Restauración—, convencidos de que había que modernizar España desde sus cimientos: infraestructuras, educación, agricultura, administración.

La Generación del 98

Paralelamente, en el terreno literario y ensayístico, una generación de escritores —Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Azorín, Antonio Machado, Ramiro de Maeztu, entre otros— convirtió la reflexión sobre «el problema de España» en el gran tema de su obra, en lo que la crítica literaria bautizaría después como la Generación del 98. Su respuesta fue menos práctica que la de Costa y más introspectiva que se basó en una indagación en la identidad, el paisaje y el carácter nacional español, buscando explicaciones más profundas —culturales, incluso espirituales— a la decadencia percibida del país.

El auge de los nacionalismos periféricos

El desastre alimentó también, de forma muy directa, el auge de los nacionalismos periféricos. En Cataluña, el desastre colonial —que había golpeado con especial dureza a la burguesía industrial catalana— reforzó el argumento de que Madrid y el Estado centralista español eran incapaces de defender los intereses económicos de las regiones más dinámicas del país. En 1901 se fundó la Lliga Regionalista, de la mano de Enric Prat de la Riba y Francesc Cambó, que capitalizó electoralmente ese malestar frente a los partidos dinásticos tradicionales. En el País Vasco, el nacionalismo impulsado por Sabino Arana, ya activo desde mediados de la década de 1890, encontró igualmente en la crisis del 98 un contexto favorable para su expansión.

El resurgir del republicanismo

Por último, el desastre reavivó también al republicanismo, que llevaba años fragmentado y en declive electoral desde la Primera República, y que encontró en la crítica al sistema canovista y a la monarquía un argumento renovado para su discurso, aunque tardaría todavía años en articularse como una alternativa política sólida.

Una crisis sin resolver

En todo caso, ninguna de estas respuestas logró, por sí sola, transformar de raíz el sistema de la Restauración en los años inmediatamente posteriores al 98: el turno pacífico y el caciquismo sobrevivirían, con crecientes dificultades, todavía más de dos décadas. Pero el desastre había plantado una semilla de la que no habría marcha atrás: la convicción, cada vez más extendida, de que aquel sistema político tenía fecha de caducidad. Esa tensión entre un régimen que se resistía a morir y unas fuerzas —nacionalistas, republicanas, obreras— que empujaban por transformarlo sería, precisamente, el hilo conductor de las décadas siguientes, hasta desembocar, más de tres decenas de años después, en la experiencia del Frente Popular.

Glosario

  • Tratado de París (1898): acuerdo que puso fin a la guerra hispano-estadounidense; España reconoció la independencia de Cuba y cedió Puerto Rico, Guam y Filipinas a Estados Unidos.
  • Regeneracionismo: corriente de pensamiento surgida tras el desastre del 98, que reclamaba la modernización económica, educativa y administrativa de España como condición previa a cualquier recuperación nacional.
  • Cirugía de hierro: expresión acuñada por Joaquín Costa para reclamar una intervención política drástica que apartase del poder a la clase caciquil de la Restauración.
  • Generación del 98: denominación historiográfico-literaria de un grupo de escritores españoles que hicieron de la reflexión sobre la decadencia y la identidad de España el eje central de su obra tras el desastre colonial.
  • Lliga Regionalista: partido catalanista fundado en 1901 por Prat de la Riba y Cambó, que capitalizó el descontento de la burguesía catalana con el sistema político de la Restauración.
  • Indianos: emigrantes españoles retornados de las colonias americanas, a menudo con fortunas acumuladas en el comercio o la industria colonial, que en muchos casos reinvirtieron ese capital en la Península.

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