La guerra hispano-estadounidense: cien días que acabaron con un imperio

En anteriores entrada hemos visto como Cuba llevaba desde 1895 nuevamente en guerra contra España, Filipinas se había levantado en armas al año siguiente y, en ambos territorios, Madrid había conseguido contener momentáneamente las rebeliones, pero no solucionar los problemas políticos que las habían provocado. También hemos analizado cómo Estados Unidos seguía cada vez con mayor interés la situación cubana y cómo los intereses económicos, la proximidad geográfica de la isla, la presión de la opinión pública y una política exterior estadounidense cada vez más ambiciosa acercaban a Washington al conflicto.

Así, solo faltaba la chispa.

Y llegó… la noche del 15 febrero de 1898 en La Habana, el USS Maine saltó por los aires. En aquel momento, España y Estados Unidos todavía no estaban en guerra. Diez semanas después, sí lo estaban. Y bastaron apenas unos meses de combates para que España perdiera Cuba, Puerto Rico y Filipinas y desapareciera prácticamente el imperio ultramarino que todavía conservaba a finales del siglo XIX.

El Maine: una explosión que cambió el conflicto

El 25 de enero de 1898, el acorazado estadounidense USS Maine echó anclas en el puerto de La Habana. Sobre el papel era una «visita de cortesía», pero en realidad funcionaba como una clara demostración de músculo militar en un momento en que las relaciones entre ambos países estaban al límite. Nadie imaginaba que, a las 21:40 horas del 15 de febrero, una brutal explosión en la proa mandaría el buque al fondo del mar y se cobraría la vida de 266 de sus 355 tripulantes.

La pregunta apareció inmediatamente: ¿qué había provocado la explosión? La respuesta desató un choque inmediato de versiones. Mientras la investigación estadounidense (la Comisión Sampson) concluyó que una detonación externa —posiblemente una mina marina— había hecho estallar los depósitos de munición, la comisión oficial española sostuvo que se trató de un siniestro interno. Décadas después, en 1976, un estudio del almirante Hyman G. Rickover respaldó la tesis española al sugerir una autocombustión en las carboneras contiguas a los pañoles de pólvora. Aunque la causa exacta sigue abierta al debate y jamás se probó una autoría española, la verdad técnica importó muy poco frente a la tormenta política que acababa de desencadenarse.

Pero, ¿fue entonces el hundimiento del Maine el verdadero detonante de la guerra? En parte sí, pero sobre todo funcionó como el catalizador perfecto. La prensa sensacionalista de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer agitó el desastre culpando a España y popularizó el famoso lema «Remember the Maine, to Hell with Spain!», aprovechando el rechazo público hacia las severas tácticas de reconcentración del general Valeriano Weyler en Cuba. Sin embargo, Washington ya tenía la mirada puesta en la isla mucho antes de la tragedia debido a sus cuantiosos intereses económicos, la cercanía estratégica de Cuba a sus costas y sus propias ambiciones de expansionismo imperial. El trágico fin del Maine no creó esos intereses geopolíticos, pero sí encendió la mecha definitiva de la guerra hispano-estadounidense en abril de ese mismo año.

Del ultimátum a la guerra: cuando la diplomacia saltó por los aires

Tras la explosión del Maine, ¿se declaró la guerra de forma inmediata? Lo cierto es que no. Durante las semanas siguientes se vivió una auténtica carrera contrarreloj diplomática para evitar la catástrofe. El gobierno liberal español de Práxedes Mateo Sagasta intentó frenar el conflicto realizando importantes concesiones e incluso decretando en abril de 1898 una suspensión unilateral de las operaciones militares contra los mambises (los insurgentes cubanos). Pero la maquinaria bélica de Washington ya se había puesto en marcha y el margen de negociación se había agotado por completo.

¿Cómo se pasó exactamente de la tensión diplomática al conflicto armado? Todo se precipito en cuestión de días mediante un cruce de resoluciones y declaraciones de guerra:

¿Por qué este cambio de escenario pilló por sorpresa a la opinión pública española? Porque la contienda dejó de ser una guerra colonial interna contra el independentismo cubano para convertirse en un choque frontal contra una potencia industrial emergente. Y, contra todo pronóstico, la estrategia estadounidense guardaba una última sorpresa: el primer gran golpe de la contienda ni siquiera se asestaría en las aguas del Caribe, sino a miles de kilómetros de allí, en el archipiélago de Filipinas (con la famosa batalla de la bahía de Manila el 1 de mayo de 1898).

Manila: la primera derrota llegó al otro lado del mundo

Aunque la mecha de la guerra se encendió por Cuba, ¿sabías que el primer gran desastre militar ocurrió a más de 13.000 kilómetros de La Habana? Mientras la atención mundial se centraba en el Caribe, las aguas del Pacífico se convirtieron en el escenario del primer combate cruento de la contienda.

En la madrugada del 1 de mayo de 1898, la escuadra estadounidense del comodoro George Dewey irrumpió en la bahía de Manila (Filipinas) con órdenes claras de destruir a la flota española. Allí lo esperaba la escuadra del contraalmirante Patricio Montojo. Aunque sobre el papel el número de navíos parecía equilibrado, la realidad tecnológica era abismal: la marina española contaba con buques obsoletos y débilmente blindados, mientras que Estados Unidos desplegó una flota moderna y de gran potencia de fuego. En pocas horas, la escuadra española del Pacífico fue aplastada por completo.

¿Consiguió Estados Unidos el control total de Filipinas tras esta aplastante victoria? No de inmediato. Aunque Dewey dominaba la bahía, no tenía tropas suficientes para tomar el archipiélago por tierra. Es aquí donde entra en juego una figura clave: Emilio Aguinaldo.

Exiliado en Hong Kong tras el Pacto de Biak-na-Bató de 1897, Aguinaldo fue repatriado por los propios estadounidenses en mayo de 1898 con el fin de reactivar la rebelión filipina y acorralar a las tropas españolas. La estrategia funcionó y las fuerzas españolas fueron perdiendo terreno hasta quedar sitiadas en Manila. El 12 de junio de 1898, Aguinaldo proclamó la independencia de Filipinas. Sin embargo, surgía una contradicción demoledora: mientras los revolucionarios luchaban por la libertad de su nación, Washington planeaba entre bambalinas sustituir a España como potencia colonial. Un enemigo común los había unido momentáneamente, pero la traición no tardaría en llegar.

El cerco de Santiago y la caída de Puerto Rico

Mientras España perdía su flota en Filipinas, la campaña decisiva de la guerra se libraba a miles de kilómetros, en la costa sur de Cuba. Allí, en apenas cuatro semanas, se iba a decidir no solo la suerte de la isla, sino la del último gran resto del imperio español en América.

Atrapados en la bahía: el bloqueo a de la escuadra de Cervera

La escuadra española del almirante Pascual Cervera había cruzado el Atlántico buscando un puerto donde repostar carbón y reorganizarse. Encontró refugio en la bahía de Santiago de Cuba, una entrada estrecha y bien defendida por fuertes costeros. El problema era que esa misma estrechez, que la protegía, también la convertía en una ratonera: en cuanto la marina estadounidense localizó a los barcos españoles, los bloqueó a la entrada de la bahía y esperó.

Santiago se convirtió así, casi de la noche a la mañana, en el objetivo estratégico de toda la guerra en el Caribe. Ya no se trataba de perseguir a la escuadra por el océano: bastaba con sellar la salida y forzar la rendición por asfixia.

Un desembarco con aliados que la memoria oficial suele olvidar

En junio, un cuerpo expedicionario estadounidense desembarcó en las playas de Daiquirí y Siboney, al este de Santiago. La narrativa clásica —la que después exportaría Hollywood con Roosevelt a la cabeza— tiende a presentar la operación como un asunto exclusivamente estadounidense. Pero ese desembarco fue posible gracias a un apoyo que rara vez ocupa el primer plano: las fuerzas independentistas cubanas de la región, lideradas por Calixto García, que llevaban tres años desgastando al ejército español antes de que el primer soldado estadounidense pisara la playa. García aportó hombres, inteligencia sobre el terreno y logística; sin ese trabajo previo, el desembarco habría sido mucho más costoso.

El día más sangriento: 1 de julio de 1898

El 1 de julio se libraron los combates terrestres más duros de toda la guerra, en dos frentes casi simultáneos:

  • El Caney. Las tropas españolas del general Joaquín Vara de Rey resistieron con una tenacidad casi numantina frente a fuerzas muy superiores, hasta que su comandante cayó y la posición se derrumbó.
  • Las alturas de San Juan. Aquí se forjó la leyenda de los Rough Riders de Theodore Roosevelt, pero la victoria fue, en realidad, un esfuerzo conjunto de miles de soldados regulares, entre ellos los Buffalo Soldiers, los regimientos afroamericanos cuyo papel decisivo en la toma de las alturas ha quedado sistemáticamente eclipsado por el protagonismo posterior de Roosevelt.

La salida desesperada: la batalla naval del 3 de julio

Batalla de Santiago de Cuba, 3 julio de 1898. Generada por IA

Con las posiciones terrestres perdidas y Santiago prácticamente cercada por tierra, Madrid ordenó a Cervera un movimiento que él mismo consideraba suicida: romper el bloqueo y salir mar adentro antes de que la ciudad cayera. La mañana del 3 de julio, los buques españoles abandonaron la bahía en fila india y fueron sistemáticamente localizados, alcanzados y hundidos o embarrancados por la artillería estadounidense, muy superior en potencia de fuego. En apenas unas horas, la escuadra del Caribe dejó de existir.

Santiago, ya sin flota que defender ni esperanza de socorro, capituló el 17 de julio.

El epílogo caribeño: Puerto Rico

Con Cuba prácticamente resuelta, la guerra se trasladó a Puerto Rico. El plan inicial del general Nelson A. Miles apuntaba a un desembarco por Fajardo, en el este de la isla; una filtración de esos planes —y el aviso de un espía infiltrado que había constatado la profundidad de la bahía— llevó a Miles a cambiar de rumbo en plena travesía y dirigirse, en cambio, al sur.

El 25 de julio, unos 3.300 soldados estadounidenses desembarcaron sin apenas oposición en Guánica. Al día siguiente se libró la primera resistencia armada seria en Yauco, y el 28 de julio las tropas ocuparon Ponce, la segunda ciudad de la isla. Desde ahí, el avance hacia el interior —Coamo, Guayama, Aibonito— encontró una resistencia española mucho más débil y desorganizada que la de Cuba, reflejo de un ejército y una administración colonial que ya se descomponían tanto militar como diplomáticamente.

El Tratado de París: la liquidación del Imperio

Las negociaciones de paz arrancaron en París el 1 de octubre de 1898 bajo la mediación diplomática del embajador francés Jules Cambon. España, sin cartas militares que jugar, tuvo que ceder ante todas las exigencias. El 10 de diciembre de 1898 se firmó el Tratado de París:

  • España renunciaba a la soberanía sobre Cuba, que quedaba bajo ocupación militar estadounidense (garantizándose posteriormente la tutela de Washington mediante la Enmienda Platt).
  • Se cedían formalmente Puerto Rico y la isla de Guam a Estados Unidos.
  • Se entregaba el archipiélago de Filipinas a cambio de una indemnización de 20 millones de dólares. (Un trágico destino para los filipinos, que en febrero de 1899 iniciaron una sangrienta guerra contra sus nuevos ocupantes estadounidenses).

Aunque técnicamente a España le restaban las islas Carolinas, Marianas y Palaos, estas fueron vendidas al Imperio alemán en 1899 por 25 millones de pesetas. Con ello desaparecía definitivamente el gran imperio ultramarino iniciado en el siglo XV.

Se había perdido un imperio, y España, obligada a mirarse por fin sin él, se preguntó qué había fallado.

Glosario

  • Enmienda Teller: cláusula aprobada por el Congreso estadounidense en abril de 1898 mediante la cual Estados Unidos declaró que no pretendía anexionarse Cuba y que dejaría el gobierno de la isla en manos de sus habitantes una vez terminada la guerra.
  • Protocolo de Washington: acuerdo firmado el 12 de agosto de 1898 que suspendió las hostilidades entre España y Estados Unidos y estableció las bases para la posterior negociación del Tratado de París. Las condiciones ya contemplaban la renuncia española sobre Cuba y la cesión de Puerto Rico y una isla de las Marianas.
  • Rough Riders: regimiento estadounidense de voluntarios de caballería que participó en la campaña de Cuba y quedó estrechamente asociado a Theodore Roosevelt.
  • Tratado de París: acuerdo firmado por España y Estados Unidos el 10 de diciembre de 1898 que puso fin oficialmente a la guerra y estableció la renuncia española sobre Cuba y la cesión de Puerto Rico, Guam y Filipinas.
  • Desastre del 98: expresión utilizada en España para referirse tanto a la derrota de 1898 como a la crisis política, intelectual y de identidad nacional que la acompañó.

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