José Sanjurjo: el general que murió por llevar demasiado equipaje

Hay un tipo de político que, antes de pensar en gobernar, piensa en cómo va a salir en la foto. Lo vemos todos los días: el que se compra un chaquetón de campaña para parecer cercano, el que ensaya el gesto al subir las escaleras del avión oficial o el que se preocupa más por el ángulo de la cámara que por el contenido del discurso. La vanidad en política no es una anécdota: es casi un género propio. Y, como toda buena tradición, tiene un antecedente español que la borda: un general que murió, literalmente, por no querer presentarse arrugado.

Se llamaba José Sanjurjo y en julio de 1936 tenía un problema de agenda considerable: debía ponerse al frente de una sublevación militar, pero no sabía que no llegaría vivo a protagonizarla.

Un golpista con antecedentes

Sanjurjo no era ningún debutante en esto de las conspiraciones. Ya en 1932 había protagonizado un intento de golpe contra la Segunda República —la célebre «Sanjurjada»— que salió tan mal que acabó exiliado en Portugal, concretamente en Estoril, esa localidad de la costa donde la aristocracia venida a menos y los conspiradores con posibles se dedicaban a hacer tiempo entre café y café. Allí llevaba cuatro años el hombre, rumiando su revancha, cuando en julio de 1936 un grupo de militares decidió que había llegado el momento de repetir la jugada, esta vez a lo grande.

El plan era sencillo sobre el papel: varias guarniciones del ejército se sublevarían contra el Gobierno republicano y Sanjurjo, desde su exilio dorado, sería quien encabezara la operación. No por ser el más brillante estratega de la época —eso ya lo discutían hasta sus propios compañeros de armas—, sino por ser el de mayor rango y prestigio entre los conjurados. Es lo que en cualquier empresa moderna llamaríamos «nombrar director general al que lleva más años en el cargo, no al que mejor gestiona».

El 18 de julio de 1936 estalla la sublevación militar en Marruecos y se extiende por la península. Sanjurjo tiene que volar cuanto antes de Portugal a España para ponerse al frente. Todo listo. Menos un pequeño detalle que él mismo se encargó de complicar.

El equipaje que no cabía en el avión

Para trasladarlo hasta Burgos contratan a un piloto experto, Juan Antonio Ansaldo, y un avión pequeño, un De Havilland Puss Moth, una avioneta ligera pensada para dos personas y poco más. Ansaldo, que sabía perfectamente lo que aquel cacharro podía y no podía cargar, le pidió a Sanjurjo que viajara ligero. Nada de bultos innecesarios. El peso, en un aparato de esas dimensiones, no es una sugerencia estética: es física pura.

De Havilland Puss Moth

¿Y qué hizo Sanjurjo? Pues presentarse con varias maletas cargadas de uniformes de gala, condecoraciones y hasta, según cuentan las crónicas, un espadín ceremonial. El hombre no pensaba llegar a España como un fugitivo desaliñado que se baja de un avión pequeño con la camisa arrugada: pensaba entrar como el salvador de la patria, con el uniforme perfecto para la foto histórica que ya se imaginaba en los periódicos del día siguiente. Ansaldo insistió, le avisó del riesgo. Sanjurjo, según los testimonios, respondió más o menos que no iba a presentarse en Burgos hecho un pordiosero.

Total, que cargaron el avión muy por encima de lo recomendable.

Veinte segundos de vuelo

El 20 de julio de 1936, el Puss Moth despega del aeródromo de Cascais, cerca de Estoril. No llega ni a coger altura. Sobrecargado por el peso extra de las maletas del general, se estrella nada más iniciar el vuelo y se incendia. Ansaldo, el piloto, consigue salir malherido pero con vida. Sanjurjo muere calcinado dentro del aparato, a apenas unos metros de la pista, antes incluso de haber salido de Portugal.

El hombre que iba a ponerse al frente del golpe de Estado que cambiaría España durante cuarenta años no llegó a pisar suelo español. Murió por una cuestión de kilos de más en el maletero, provocada, según casi todas las versiones, por su empeño en no renunciar a su vestuario de gala.

La ironía es de las que no necesitan que nadie la subraye: el hombre que quería controlar hasta el último detalle de su gran entrada en la Historia acabó siendo una nota a pie de página, sustituido en el liderazgo del golpe por otro general que, dicho sea de paso, sí sabía priorizar bien sus prioridades: Francisco Franco.

Lo que vino después

Con Sanjurjo fuera del tablero, la dirección de la sublevación quedó descabezada justo en sus primeras semanas, y ese vacío de poder fue uno de los factores que permitió que Franco fuera consolidando, paso a paso, su posición hasta convertirse en el jefe único del bando sublevado, algo que en octubre de ese mismo 1936 ya era oficial. Es decir: la historia de España tomó un rumbo distinto en buena medida porque un avión pequeño no pudo con el ego de un general.

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