Santiago de Cuba, 1898: salir de uno en uno para que no se amontonara el desastre

El 3 de julio de 1898 se montó, frente a la bahía de Santiago de Cuba, una de esas escenas que uno preferiría no tener que dirigir. El almirante Pascual Cervera recibió la orden, tajante y venida desde La Habana, de sacar su escuadra al mar antes de que Santiago cayera y los barcos acabaran en manos americanas. El problema es que «sacar la escuadra» no significaba desplegarla en abanico ni presentar batalla en formación. Significaba, literalmente, hacer cola.

La bahía de Santiago tiene una entrada estrechísima, de esas que se defienden con dos cañones y una sonrisa. Ideal para protegerse. Nefasta para escapar. Porque un canal tan angosto solo deja pasar un barco cada vez, así que la escuadra española tuvo que salir de uno en uno, en fila, por orden decreciente de tamaño: primero el buque insignia, el Infanta María Teresa, y detrás el resto, como quien sale de un portal estrecho cargando muebles.

Al otro lado esperaba la escuadra bloqueadora de Sampson y Schley, superior en blindaje, en calibre y, sobre todo, en alcance. Y ahí está la clave del numerito: no hacía falta acercarse. Bastaba con quedarse a la distancia justa —la que a los cañones españoles ya no les llegaba y a los americanos todavía sí— e ir despachando barcos según iban asomando por el canal, como quien turna a los patos de una caseta de feria. El primero que asoma la cabeza, el primero que se lleva el tiro.

Batalla de Santiago de Cuba, 3 julio de 1898. Generada por IA

Uno tras otro fueron cayendo: el Infanta María Teresa, el Almirante Oquendo, el Vizcaya, el Plutón, el Furor, hasta llegar al Cristóbal Colón, el más rápido y el que más aguantó, embarrancado horas después tierra adentro. Ni uno solo logró romper el cerco. El balance, para hacerse una idea del desequilibrio: un marinero americano muerto por más de trescientos españoles.

Lo más amargo del asunto es que la orden de salir en fila, tan desastrosa en el resultado, no fue un error de cálculo: era la única salida física que ofrecía la bahía. Cervera lo sabía, lo advirtió por telegrama, y lo hizo de todos modos porque la alternativa —quedarse dentro— significaba entregar los barcos intactos al enemigo cuando Santiago cayera por tierra, que era cuestión de días. Así que, en realidad, no se montó una encerrona por torpeza. Se montó porque la geografía y Madrid, entre los dos, no dejaron otra salida que la peor de todas.

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