El Frente Popular y las Elecciones de Febrero de 1936
La confluencia de la izquierda republicana y obrera, forjada entre negociaciones y urgencias históricas, cambió el rumbo de la Segunda República, abriendo de este modo el último capítulo democrático antes de la guerra civil.
En el convulso invierno de 1936, España acudía a las urnas por tercera y última vez durante la Segunda República. El 16 de febrero, bajo un cielo de tensión acumulada durante años de gobiernos en conflicto, la coalición denominada Frente Popular —agrupación inédita de republicanos de izquierda, socialistas, comunistas y otras formaciones obreras— conseguía una victoria electoral que sacudiría los fundamentos del orden establecido y precipitaría, meses después, el estallido de la guerra civil española.
El «Bienio Negro» y la semilla de la alianza
Para comprender el nacimiento del Frente Popular, es preciso remontarse a las elecciones de noviembre de 1933, cuando la desunión de la izquierda y la abstención promovida por la CNT anarcosindicalista facilitaron el triunfo de la derecha. La Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), liderada por José María Gil-Robles, y el Partido Radical de Alejandro Lerroux dominaron las nuevas Cortes e iniciaron lo que sus adversarios denominarían el «bienio conservador» —o «bienio negro», según el vocabulario izquierdista de la época.
Este nuevo gobierno puso rápidamente en marcha la paralización de las reformas agrarias y sociales iniciadas por el gobierno progresista. La paralización de las reformas junto con la entrada de ministros cedistas en el gobierno en octubre de 1934, encendió la mecha de la Revolución de Asturias. Una insurrección que fue aplastada con dureza dando lugar a miles de muertos, unos treinta mil presos y numerosas condenas de muerte. Esta represión actuó, paradójicamente, como un potente aglutinante de las fuerzas de izquierda.
Al margen de los partidos, una intensa actividad civil se volcó en la causa unitaria: comités de amnistía, actos de solidaridad con las víctimas de la represión, mítines de convergencia. Hasta el anarquismo moderó su tradicional hostilidad hacia republicanos y socialistas; aunque la CNT no renunció formalmente a la abstención, muchos de sus militantes votarían en febrero de 1936.
Gestación del Pacto
Negociaciones, tensiones y el pacto de enero
La gestación del Frente Popular fue un proceso dilatado y lleno de fricción interna. Sus inicios se remontan a 1934, cuando comenzaron a acercarse las formaciones republicanas y el sector centrista del PSOE encabezado por Indalecio Prieto. Pero no sería hasta después de octubre de 1934 cuando la idea tomará cuerpo definitivo.
El 14 de noviembre de 1935, Manuel Azaña propuso oficialmente a Prieto la formación de una conjunción electoral. Dos días después, el PSOE respondía afirmativamente, con la condición de que el pacto incluyera a la izquierda obrera. Sin embargo, las divisiones internas del socialismo español complicaban las negociaciones: mientras Prieto apostaba por la alianza con los republicanos, el sector liderado por Francisco Largo Caballero defendía un «Frente Obrero» sin burguesía republicana.
La firma definitiva del pacto tuvo lugar el 15 de enero de 1936. El acuerdo establecía un programa común —relativamente moderado en sus formulaciones— que pedía la plena «republicanización» del Estado, la amnistía para los presos políticos de octubre de 1934, el restablecimiento del Estatuto de Autonomía catalán y la reanudación de las reformas del primer bienio. Los partidos obreros —PCE, PSOE, Partido Sindicalista y POUM— apoyaban el programa pero no participarían en el gobierno en caso de victoria, reservado a los partidos republicanos de izquierda.


A diferencia del Frente Popular, las derechas acudieron fragmentadas. Pese a que el nombre «Frente Nacional Contrarrevolucionario» sugería una gran coalición, en la práctica cada formación preservó su identidad. La CEDA —el partido con mayor implantación— no logró aglutinar bajo su paraguas a falangistas, monárquicos y carlistas con la misma cohesión que la izquierda exhibió en torno al programa frentepopulista.
La jornada electoral
El 16 de febrero: las urnas hablan
La campaña electoral se desarrolló en un clima de intensa polarización. Ambos bloques movilizaron a sus bases con una energía sin precedentes desde la proclamación de la República. La victoria del Frente Popular representó también un hecho singular en la historia española: por primera vez, un gobierno perdía abiertamente unas elecciones que él mismo había convocado.


La diferencia en votos fue estrecha —aproximadamente 150.000 papeletas—, pero el sistema electoral por listas circunscripcionales con prima a la mayoría amplificó enormemente la ventaja parlamentaria del Frente Popular, que obtuvo más del 60 % de los diputados. Esta disparidad entre votos y escaños generaría una controversia que no se ha cerrado del todo en la historiografía.
Los resultados se comunicaron el 20 de febrero. Esa misma tarde —antes incluso de completarse el escrutinio oficial— el presidente Alcalá-Zamora encargó a Manuel Azaña la formación de gobierno. El gobierno de Portela Valladares dimitió precipitadamente, en lo que el propio Azaña describió como una situación de desbordamiento: «Hoy ni siquiera sabemos exactamente cuál es el resultado electoral ni, por tanto, qué mayoría tenemos», anotó en su diario aquella noche.
Las Consecuencias
De la victoria electoral a la fractura del Estado
El gobierno que tomó posesión estaba integrado exclusivamente por los partidos republicanos de izquierda, según lo acordado. Los socialistas —la fuerza con más diputados en el Congreso— apoyaban desde el parlamento sin participar en el ejecutivo, tal y como se había acordado. Esta desequilibrio entre respaldo parlamentario y participación gubernamental generó una inestabilidad estructural que lastraría los meses siguientes.
Entre febrero y julio de 1936, la derecha no republicana intensificó su discurso sobre el «caos» y el «proceso revolucionario», preparando la legitimación de una intervención militar. Los sectores más autoritarios —aquellos que nunca habían aceptado la victoria electoral— comenzaron a fraguar los contactos que culminarían en el golpe de Estado de julio.
La interpretación histórica de estos meses ha generado un intenso debate. Durante décadas se difundió la idea de que el Frente Popular había llevado al país hacia una situación de caos y desorden. Otras interpretaciones, sin embargo, han defendido que las elecciones de febrero de 1936 reflejaron de manera general la voluntad mayoritaria del electorado y que, aunque el sistema electoral amplificó la diferencia en escaños, el proceso fue esencialmente legítimo. Lo que prácticamente nadie discute es la enorme trascendencia de aquel momento: las elecciones del 16 de febrero de 1936 fueron las últimas elecciones libres celebradas en España hasta 1977. La victoria del Frente Popular y las reacciones que desencadenó marcaron el inicio de uno de los periodos más decisivos y traumáticos de la historia contemporánea española.
