El trato del siglo: cómo Francia vendió medio continente por cuatro cuartos

En 2025, Donald Trump anunció al mundo que quería comprar Groenlandia. No por primera vez —ya lo había intentado en su primer mandato, en 2019—, pero esta vez iba en serio: su administración encargó una valoración formal, llegó a la cifra de 700.000 millones de dólares y empezó a hablar, muy suelto de lengua, de hacerse con el territorio «de una forma u otra». Dinamarca dijo que no. Groenlandia dijo que no. La Unión Europea dijo que ni se les ocurriera. Trump siguió hablando de ello igualmente.

Lo curioso es que la idea no es tan descabellada en términos históricos. Estados Unidos lleva comprando territorios desde el siglo XIX. Alaska se la compraron a Rusia en 1867 por 7,2 millones de dólares. Las Islas Vírgenes, a Dinamarca en 1917. Y en 1803 protagonizaron la mayor ganga territorial de la historia moderna. Una que conviene recordar ahora que vuelven las ganas de escribir cheques a cambio de mapas.

Napoleón necesitaba pasta

Corría el año 1803 y Napoleón Bonaparte tenía un problema. Bueno, varios, pero hay uno que nos interesa especialmente: tenía un trozo de América enorme, casi imposible de defender, carísimo de mantener y con una revuelta en Haití que le estaba comiendo vivo. Y tenía deudas. Muchas deudas. De las que no dejan dormir.

El territorio en cuestión se llamaba Luisiana, aunque llamarla «territorio» es quedarse muy corto. Estamos hablando de más de dos millones de kilómetros cuadrados —el doble de lo que ocupa la España actual— que se extendían desde el golfo de México hasta Canadá, cubriendo lo que hoy son quince estados americanos. Un pedazo de planeta, vamos.

¿Y qué hizo Napoleón con ese pedazo de planeta? Lo vendió. Por quince millones de dólares.

Quince millones. En aquel entonces era una cantidad respetable, no nos engañemos. Pero si hacemos la cuenta —y es una cuenta que quita el aliento— estamos hablando de aproximadamente tres centavos por hectárea. Tres centavos. Por tierras que incluían el río Misisipi, vastas praderas, recursos naturales incalculables y ciudades enteras. Si hoy existiera una ganga equivalente, la llamarían estafa, y el vendedor estaría en prisión preventiva.

Los estadounidenses tampoco se lo esperaban del todo. El presidente Thomas Jefferson había mandado a sus enviados a París con una misión mucho más modesta: negociar el uso del puerto de Nueva Orleans. Querían acceso comercial, un pequeño favor diplomático. Lo que se encontraron fue a un Napoleón con prisas y una oferta que nadie en su sano juicio podía rechazar. ¿Que si queremos también el resto? Pues claro que sí, hombre, claro que sí.

El 30 de abril de 1803, se firmó el acuerdo. Francia se embolsó los quince millones —parte en efectivo, parte en deuda asumida por Estados Unidos— y los americanos se llevaron un territorio que dobló, literalmente, el tamaño de su nación de un plumazo. Sin una sola baja en combate. Sin años de campaña militar. Con más facilidad de la que hoy cuesta comprar un piso de dos habitaciones en Madrid, Barcelona o cualquier ciudad que se haya propuesto arruinar a sus habitantes.

¿Fue legal todo aquello? Ahí la cosa se pone interesante, porque la respuesta honesta es: más o menos. Francia había recuperado ese territorio de España apenas tres años antes mediante el Tratado de San Ildefonso, con una condición explícita: que no lo cedería a ninguna potencia extranjera. España se enteró de la venta por los periódicos —en sentido figurado, claro, pero el efecto fue el mismo— y se quedó tan estupefacta como cabía esperar. Napoleón, fiel a su estilo, lo vendió igualmente.

Tampoco conviene olvidar a quienes llevaban siglos viviendo en esas tierras. Los pueblos indígenas que habitaban la Luisiana no fueron consultados, no recibieron compensación alguna y no tuvieron voz ni voto en una transacción que decidía su futuro. Para ellos, la venta no fue una ganga histórica: fue el comienzo de décadas de despojo sistemático.

Cuando el Imperio necesita pasta, el mapa se negocia.

La historia de la venta de Luisiana es, en el fondo, una historia sobre lo que pasa cuando alguien necesita dinero con urgencia y otro aparece con el talonario en la mano. Napoleón tenía un imperio que mantener y una isla en llamas. Jefferson tenía dólares y ambición. El resto es geografía.

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