Nerón, las llamas y el arte de señalar a otro

Cada verano ocurre lo mismo. Encendemos la televisión, aparece un mapa de España teñido de rojo y empezamos a practicar una de nuestras especialidades nacionales: buscar un culpable. Que si un pirómano, que si los montes están sucios, que si nadie desbroza, que si una chispa mal puesta. Cualquier explicación sirve, siempre que permita no hablar demasiado de que estamos calentando el planeta como quien deja el horno encendido y luego se sorprende porque la cocina parece el infierno.

Y así, mientras los bomberos se juegan la vida, las redes sociales ya han dictado sentencia. Antes de que se apague la última llama, siempre aparece alguien que sabe quién prendió el fuego, por qué lo hizo y, de paso, a qué partido votaba.

Pues bien, esto de buscar una cabeza de turco cuando todo se quema no lo hemos inventado nosotros. Llevamos toda la vida, de ese planeta que nos estamos cargando, haciéndolo. Y uno de los ejemplos más célebres tiene nombre propio: Nerón.

Corría el año 64 después de Cristo cuando Roma, la capital del mundo conocido, comenzó a arder. El incendio duró varios días y alcanzó unas dimensiones descomunales. De las catorce regiones en las que se dividía la ciudad, solo cuatro quedaron intactas. Tres fueron destruidas casi por completo y las siete restantes sufrieron daños gravísimos.

Calle de Roma. Imagen generada por IA

¿Cómo se produjo? Roma estaba preparada para muchas cosas: conquistar territorios, recaudar impuestos, organizar espectáculos y crucificar disidentes. Para apagar incendios de aquellas dimensiones, no tanto.

La ciudad era un laberinto de calles estrechas y edificios levantados deprisa, mal y con materiales fácilmente inflamables. Cientos de miles de personas vivían hacinadas en las llamadas insulae, bloques de viviendas de varias plantas donde se mezclaban cocinas, lámparas de aceite, talleres, madera y una absoluta falta de medidas de seguridad. Vamos, el sueño de cualquier llama con ganas de prosperar.

No hacía falta una conspiración imperial para que Roma ardiera. Bastaba una chispa para que aquellas calles estrechas y aquellos edificios construidos con materiales inflamables acabaran convertidos en ceniza.

Y la chispa llegó.

¿Dónde estaba Nerón mientras Roma ardía? Aquí entra en escena la imagen que ha sobrevivido durante siglos: el emperador contemplando las llamas mientras tocaba tranquilamente un instrumento y cantaba sobre la destrucción de Troya. Una estampa magnífica para una película, una pintura o un meme. El pequeño inconveniente es que probablemente sea falsa.

Según relata Tácito, Nerón ni siquiera se encontraba en Roma cuando comenzó el incendio. Estaba en Anzio y regresó a la capital en cuanto recibió la noticia. Una vez allí, organizó tareas de auxilio, abrió espacios públicos y jardines privados para alojar a quienes habían perdido sus casas y tomó medidas para garantizar el abastecimiento de alimentos.

Es decir, Nerón pudo ser autoritario, cruel, ególatra y bastante aficionado a escucharse a sí mismo, pero parece que no estuvo contemplando tranquilamente cómo ardía Roma mientras amenizaba la velada.

Entonces, ¿de dónde salió la leyenda?

Imagen generada por IA. Nerón contemplando Roma en llamas mientras canta y toca un instrumento.

De una combinación que sigue funcionando estupendamente: rumores, propaganda e intereses políticos. Nerón tenía una reputación desastrosa entre buena parte de la aristocracia romana. Se enfrentaba al Senado, gastaba enormes cantidades de dinero y tenía la poco imperial costumbre de actuar como músico y artista. A los senadores, que un emperador cantara en público les parecía bastante más escandaloso que explotar provincias enteras.

Imagen generada por IA. Recreación de la Domus Aurea,

Además, después del incendio inició la construcción de la Domus Aurea, un enorme palacio levantado en parte sobre terrenos afectados por las llamas. Aquello alimentó una sospecha irresistible: si el emperador había aprovechado el desastre para construir la casa de sus sueños, quizá también había provocado el incendio.

Pruebas no había demasiadas, pero la historia era sencilla, morbosa y encajaba perfectamente con el personaje. Y cuando una explicación es sencilla, escandalosa y confirma lo que ya queríamos creer, la verdad puede ponerse cómoda, porque nadie la va a molestar.

El problema para Nerón fue que los rumores crecieron hasta señalarlo directamente. Necesitaba apartar las miradas de su persona y recurrió a un recurso político que ha envejecido estupendamente: encontrar a alguien más débil a quien echarle la culpa.

Los elegidos fueron los cristianos.

En aquel momento, el cristianismo era todavía una religión minoritaria, poco conocida y vista con recelo por buena parte de la población romana. Sus seguidores rechazaban participar en determinados rituales públicos y se reunían en comunidades cerradas, lo que alimentaba rumores y sospechas. Eran pocos, estaban mal vistos y no tenían poder político.

El chivo expiatorio perfecto.

Según Tácito, numerosos cristianos fueron detenidos, torturados y ejecutados con una crueldad extrema. Algunos fueron crucificados; otros, cubiertos con pieles de animales para que los atacaran los perros; y otros fueron quemados vivos para iluminar durante la noche los jardines imperiales.

Sí, el hombre acusado de quemar Roma decidió demostrar que él no había sido quemando personas.

Así que puede que Nerón no ordenara incendiar la ciudad, pero sí utilizó el desastre para perseguir a un grupo que ya despertaba desconfianza. No hizo falta demostrar que los cristianos hubieran iniciado el fuego. Bastó con señalarlos, repetir la acusación y ofrecer a la multitud una explicación cómoda.

¿Os suena?

Cuando ocurre una catástrofe, resulta mucho más tranquilizador encontrar a un culpable con nombre y apellidos que reconocer una suma de negligencias, intereses económicos y problemas estructurales. En Roma, el verdadero combustible estaba en el urbanismo caótico, los edificios inseguros, las calles estrechas y la ausencia de medios suficientes para controlar un incendio de aquellas dimensiones.

Hoy sabemos que el aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, la pérdida de humedad y el abandono de determinadas zonas rurales crean condiciones cada vez más favorables para que los incendios se propaguen. Pero hablar de todo eso obliga a reconocer que nuestro modo de producir, consumir y ocupar el territorio tiene consecuencias.

Y eso resulta bastante más incómodo que encontrar a un pirómano.

Nos estamos cargando el planeta poco a poco, pero preferimos discutir sobre quién encendió la cerilla porque es más sencillo perseguir al culpable de la foto que preguntarnos quién llenó la habitación de gasolina.

Cambiad las ejecuciones públicas por campañas de desprestigio, los rumores de las calles por mensajes virales y los discursos imperiales por tertulias televisivas y tenemos el mismo resultado: primero se señala a alguien, después se fabrica una explicación y, cuando ya estamos todos convenientemente indignados, quizá alguien se acuerda de investigar las causas.

Tras el incendio, Roma fue reconstruida con calles más anchas, edificios mejor separados y normas que obligaban a utilizar materiales menos inflamables. Nerón también impuso límites a la altura de las construcciones y mejoró el acceso al agua. De aquella catástrofe surgieron algunas de las primeras grandes medidas urbanísticas destinadas a reducir el riesgo de nuevos incendios.

¿Aprenderemos nosotros? ¿Asumiremos que estamos convirtiendo el planeta en un lugar cada vez más caliente, seco e inflamable? ¿O cambiar exige renunciar a demasiadas cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar? ¿Seguirán los políticos culpándose unos a otros y acordándose de los incendios cuando las llamas ya lo han arrasado todo, en lugar de tomar medidas antes de que sea demasiado tarde?

Prevenir cuesta dinero, exige planificación y obliga a tomar decisiones incómodas. Señalar con el dedo, en cambio, sigue saliendo gratis.

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