Cuba y Filipinas en guerra: las rebeliones de 1895 y 1896

En la entrada anterior vimos cómo, a finales del siglo XIX, el antiguo imperio español en América había quedado reducido esencialmente a Cuba y Puerto Rico, mientras Filipinas mantenía la presencia española en Asia. Eran territorios muy diferentes entre sí, tanto por su economía como por su composición social y su relación con la Península, pero compartían un problema cada vez más difícil de resolver: España seguía gobernándolos mediante un sistema colonial que había cambiado mucho menos deprisa que las sociedades sobre las que pretendía ejercer su autoridad.

En Cuba, además, el enfrentamiento con el poder colonial venía de lejos. La Guerra de los Diez Años, entre 1868 y 1878, había terminado con la Paz de Zanjón, y poco después la Guerra Chiquita volvió a demostrar que una parte del independentismo cubano no consideraba resuelto el conflicto. Madrid introdujo reformas durante los años siguientes. La esclavitud fue abolida definitivamente en 1886, los cubanos volvieron a tener representación parlamentaria y surgió un importante movimiento autonomista que intentó encontrar una fórmula que permitiera mantener la isla vinculada a España pero dotada de un amplio autogobierno. Sin embargo, para otro sector de la sociedad cubana aquellas reformas llegaron tarde y resultaron insuficientes.

En Filipinas el proceso había sido diferente. Allí no existía una tradición de guerras independentistas comparable a la cubana, pero durante las últimas décadas del siglo XIX había aparecido una generación de propietarios, profesionales e intelectuales filipinos que reclamaba reformas administrativas, mayor igualdad ante la ley y una reducción de la enorme influencia que las órdenes religiosas ejercían sobre numerosos aspectos de la vida política, económica y social del archipiélago. Muchos de aquellos reformistas todavía no defendían inicialmente la independencia: querían cambiar la relación con España. El problema fue que, a medida que comprobaron las dificultades para conseguir esas reformas, una parte del movimiento comenzó a plantearse que el sistema colonial no podía reformarse desde dentro.

Ese era el escenario cuando, el 24 de febrero de 1895, comenzó en Cuba una nueva insurrección contra el dominio español. Un año después, en 1896, estallaría también la Revolución Filipina. España se encontró así obligada a combatir casi simultáneamente en dos escenarios separados por miles de kilómetros, uno en el Caribe y otro en el Pacífico.

Todavía no estamos ante la guerra de 1898 ni ante un enfrentamiento directo con Estados Unidos. Durante esta primera fase, España combatía fundamentalmente contra movimientos independentistas surgidos dentro de sus propias colonias. Pero lo ocurrido entre 1895 y 1897 explica por qué, cuando Estados Unidos intervino finalmente en 1898, la posición española era ya extraordinariamente difícil.

Cuba: una nueva guerra que no surgió de la nada

El 24 de febrero de 1895 estalló la guerra por la independencia de Cuba. Aunque la tradición la ha vinculado al llamado Grito de Baire, no se trató de una revuelta local ni aislada, sino de una serie de levantamientos simultáneos coordinados en distintos puntos de la isla —especialmente en la región oriental— para demostrar desde el primer minuto la dimensión nacional del enfrentamiento contra España.

Pero más allá del ámbito militar, la revolución buscaba transformar la estructura social. Con la abolición de la esclavitud aún reciente (1886) y una profunda desigualdad racial imperante, la contienda se convirtió también en un debate sobre el modelo de nación republicana y el papel de la población afrocubana, ampliamente representada en las filas del Ejército Libertador entre negros y mestizos, aspecto destacado por la historiadora Ada Ferrer.

Para sostener la campaña en el terreno, el mando militar recayó en dos veteranos de la Guerra de los Diez Años: el dominicano Máximo Gómez, nombrado general en jefe, y Antonio Maceo, el «Titán de Bronce», figura de enorme prestigio militar y referente afrodescendiente. Sin embargo, el liderazgo de José Martí en el frente duró muy poco: el 19 de mayo de 1895 cayó en combate en Dos Ríos tras enfrentarse a una columna española. Su muerte prematura privó al movimiento de su principal guía político, pero elevó inmediatamente su figura a icono y símbolo supremo de la independencia de Cuba.

Llevar la guerra hasta el corazón económico de la isla

Tras los primeros levantamientos que tuvieron lugar en la zona oriental de la isla, tradicionalmente la región donde la rebelión tenía mayor apoyo, los independentistas tenian claro que mantener la guerra limitada a esa zona habría permitido a España concentrar allí sus tropas mientras las provincias occidentales, marcadas por la importancia económica, continuaban produciendo azúcar y generando riqueza con relativa normalidad, el 5 de mayo de 1895, en una reunión en el ingenio La Mejorana, Máximo Gómez, Antonio Maceo y José Martí discutieron la necesidad de llevar la guerra hacia el occidente de la isla. Gómez defendía hacerlo cuanto antes, mientras que Maceo era más cauteloso al respecto. Apenas dos semanas después, Martí moriría en combate en Dos Ríos, dejando la decisión en manos de los dos generales.

La idea no era nueva: durante la Guerra de los Diez Años (1868-1878), los independentistas nunca habían conseguido extender el conflicto más allá de las provincias orientales. Llevar la guerra a occidente era un objetivo de importancia trascendental, tanto militar como económica y política, que los combatientes cubanos no habían logrado materializar en aquella contienda anterior.

Así nació la Campaña de Invasión de 1895-1896.

Las fuerzas independentistas avanzaron desde Oriente hacia las provincias centrales y occidentales, atravesando la isla y superando las líneas defensivas que el ejército español había establecido para dificultar sus movimientos. Entre estas defensas estaban las llamadas trochas, sistemas fortificados que combinaban caminos vigilados, fortines, alambradas y posiciones militares.

Cronologia

El 22 de octubre de 1895, Antonio Maceo partió desde Mangos de Baraguá al frente del contingente invasor de Oriente. Tras cruzar la trocha de Júcaro a Morón —una línea fortificada considerada casi infranqueable—, se reunió con Máximo Gómez el 29 de noviembre para avanzar juntos hacia occidente.

El 15 de diciembre libraron su combate más célebre, la batalla de Mal Tiempo (cerca de Cruces, Cienfuegos), donde una fuerza mambisa notablemente inferior en número derrotó al ejército español —las cifras exactas varían según la fuente—. Le siguieron los combates de Coliseo y Calimete, ya en Matanzas, a finales de diciembre.

El 1 de enero de 1896 entraron en La Habana. Desde allí, Maceo continuó hacia Pinar del Río mientras Gómez distraía a las tropas españolas con la llamada «campaña de la Lanzadera». La invasión culminó el 22 de enero de 1896, con la llegada a Mantua, el punto más occidental de la isla, dando por concluida la invasión.

Trocha militar cubana durante la Guerra de Independencia (ilustración generada con IA).

Según los cálculos recogidos por la historiografía cubana, la campaña recorrió un total de 424 leguas en 92 días — otra fuente lo cifra en unos 1.800 kilómetros de marcha, con 27 combates y 22 poblaciones importantes ocupadas. Todo ello con una fuerza insurgente que nunca llegó a superar unos pocos miles de hombres, frente a un ejército español que, solo en la zona de Las Villas, había desplegado alrededor de 30.000 efectivos para intentar frenar el avance.

La invasión tuvo tres efectos decisivos:

  1. Militar: obligó al ejército español a dispersar sus fuerzas por toda la isla en lugar de concentrarlas en Oriente, algo que Martínez Campos —el mismo general que había pacificado la guerra anterior con la paz de Zanjón— no logró evitar. Su fracaso en detener a Maceo precipitó su sustitución por Valeriano Weyler en enero de 1896.
  2. Económico: llevó la guerra a las provincias occidentales, el corazón de la industria azucarera cubana y principal fuente de ingresos con la que España sostenía el esfuerzo bélico.
  3. Simbólico: superó la vieja división regional este-oeste que había lastrado a los independentistas en la guerra de 1868-1878, dando por primera vez un carácter verdaderamente nacional al conflicto.

Weyler y la lógica de la reconcentración

El problema militar al que se enfrentaba España en Cuba era fácil de entender y extraordinariamente difícil de resolver. El ejército español era muy superior en número y controlaba las principales ciudades y puertos, pero esa superioridad servía de poco frente a un enemigo que evitaba las grandes batallas. Los insurgentes se movían por el campo, conocían el terreno y se dispersaban ante la llegada de las columnas españolas, mientras obtenían de la población rural alimentos, información, caballos y refugio.

La idea de romper esa relación entre guerrilleros y campesinos no fue, en realidad, de Weyler. Fue su propio predecesor, Arsenio Martínez Campos, quien la planteó por primera vez: en una carta al presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo, fechada el 25 de julio de 1895, reconocía que reconcentrar a las familias del campo en las poblaciones podría funcionar, pero confesaba no sentirse capaz de aplicar una medida tan dura —»la miseria y el hambre serían horribles», escribió— y sugería que solo Weyler reunía la firmeza necesaria para llevarla a cabo.

Imagen generada por IA, con fines ilustrativos: recreación de un poblado de reconcentrados en Cuba bajo el mando de Weyler (1896-1898).

Weyler asumió el mando en enero de 1896 y, en efecto, puso en marcha la reconcentración por fases: un primer bando, el 16 de febrero de 1896, la limitó a las jurisdicciones de Sancti Spíritus, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba; un segundo bando, el 21 de octubre de ese mismo año —dictado tras los éxitos militares de Maceo en la zona—, la impuso primero en Pinar del Río y después, progresivamente, en el resto de la isla. Las órdenes eran tajantes: la población de las zonas rurales debía trasladarse en un plazo de ocho días a los pueblos ocupados por tropas españolas; quien desobedeciera o fuera hallado fuera de esas zonas sería tratado como rebelde, y quedaba además prohibido sacar alimentos de las ciudades sin autorización militar, para evitar que llegaran suministros a los insurgentes.

Desde un punto de vista estrictamente militar, la lógica era clara: sin población civil que les proporcionara comida e información, a los guerrilleros les resultaría mucho más difícil sostener la lucha. El problema fue que aquella política desplazó a una enormidad de personas —las estimaciones más citadas oscilan entre 300.000 y 500.000 reconcentrados— sin que existieran medios mínimos para alojarlas, alimentarlas o atenderlas sanitariamente. Muchos habían dejado atrás las tierras de las que vivían. El resultado fue una combinación devastadora de hacinamiento, hambre y epidemias.

Las cifras de muertos siguen siendo objeto de debate historiográfico, y conviene no presentarlas como si existiera un consenso cerrado: las estimaciones más moderadas hablan de en torno a 150.000-200.000 fallecidos, mientras que otras elevan la cifra hasta 300.000 o 400.000, según las fuentes y los criterios de cálculo empleados. El historiador John Lawrence Tone, autor de War and Genocide in Cuba, 1895-1898, ha defendido que la magnitud y la naturaleza de estas muertes justifican hablar de genocidio, una calificación que otros historiadores matizan, señalando que la prensa estadounidense de la época —interesada en justificar una intervención militar en la isla— tendió a exagerar los hechos, y que la inmensa mayoría de las víctimas murieron por hambre y enfermedad, no por ejecución directa. Lo que ningún historiador discute es que la reconcentración provocó una catástrofe humanitaria de primer orden.

Y, pese a todo aquel sufrimiento, Weyler tampoco logró acabar con la rebelión.

Un ejército enorme para una guerra que no terminaba

España lanzó a la guerra un ejército colosal. Más de 200.000 soldados cruzaron el Atlántico a lo largo del conflicto, aunque no todos coincidieron en la isla al mismo tiempo ni todos llegaron a pisar un campo de batalla. Para un país con una economía muy alejada de la de las grandes potencias industriales europeas, aquello suponía un esfuerzo descomunal y que puso al límite sus posibilidades.

Pero en Cuba esperaba un enemigo mucho más letal que los machetes del Ejército Libertador: las enfermedades tropicales. La fiebre amarilla, la malaria, la disentería provocó que los soldados llegados de la Península cayeran como moscas, sin ni siquiera disparar un tiro. Se apagaban en las marchas, en los cuarteles, en los hospitales militares, derrotados por el clima y por unos microbios contra los que no existía defensa eficaz. Ahí estaba la trampa de aquella guerra: España podía seguir enviando tropas frescas mes tras mes y mantener sus principales ciudades bajo control, pero cada contingente nuevo significaba más gasto, más muertes, más presión sobre un Tesoro cada vez más exhausto. Y ninguna victoria decisiva llegaba nunca.

Pero, tampoco los insurgentes podían cantar victoria. El Ejército Libertador se movía como el agua por el campo cubano, golpeaba las líneas económicas de la isla, hostigaba, se dispersaba, volvía a golpear… pero le faltaban hombres y medios para tomar las grandes ciudades o para echar de allí, por sí solo, a un ejército tan numeroso como el español.

El resultado, a finales de 1896, tenía un nombre: guerra de desgaste. Un pulso que no ganaba nadie y que iba consumiendo, día a día, vidas y recursos en ambos bandos.

Y mientras Madrid buscaba desesperadamente una salida en el Caribe, a miles de kilómetros de distancia estaba a punto de estallar otro incendio.

Filipinas: de pedir reformas a preparar una revolución

Conviene dejarlo claro desde el principio: lo que ocurría en Filipinas no era una copia de lo que ocurría en Cuba. Allí no existía nada parecido a una guerra independentista de largo recorrido. Durante buena parte del siglo XIX, las voces críticas con el poder colonial ni siquiera pedían la separación de España. Pedían, simplemente, reformas.

Y esa demanda tenía una explicación económica muy concreta. La apertura de los puertos filipinos al comercio internacional había disparado la exportación de azúcar, tabaco y abacá, y ese auge comercial hizo emerger nuevas élites con dinero suficiente para enviar a sus hijos a estudiar a Manila y, en algunos casos, a Europa. De ese contacto con las universidades europeas surgió una generación de intelectuales y profesionales —los llamados ilustrados— que volvían a Filipinas con una pregunta incómoda en la cabeza: si la España de la Restauración tenía Constitución, Cortes y representación parlamentaria, ¿por qué Filipinas seguía atada a un régimen colonial mucho más restrictivo?

De ese grupo salió la figura que terminaría por encarnar todo el movimiento: José Rizal.

Rizal, el reformista que no quería aún la revolución

Rizal era médico, escritor e intelectual, pero su verdadera arma fueron sus novelas. En Noli me tangere y El filibusterismo retrató sin concesiones los abusos del sistema colonial, con especial dureza hacia las órdenes religiosas, que en Filipinas no se limitaban a lo espiritual: administraban parroquias, controlaban buena parte de la educación y poseían enormes extensiones de tierra.

Pero atención, porque aquí conviene no simplificar: Rizal no era, en 1892, un revolucionario armado. Ese año fundó la Liga Filipina con un objetivo reformista y pacífico. La respuesta de las autoridades españolas fue tan rápida como contraproducente: lo detuvieron y lo deportaron a Dapitan, en Mindanao.

Y ahí, sin quererlo, Madrid sembró la semilla de lo que vendría después. Si ni siquiera una organización pacífica podía actuar con libertad, algunos filipinos empezaron a concluir que la reforma dentro del sistema español era, sencillamente, un callejón sin salida. Quizá solo quedaba la revolución.

Bonifacio y el salto a la clandestinidad

Ese mismo año, mientras Rizal defendía todavía la vía reformista, Andrés Bonifacio daba un paso mucho más radical: fundaba el Katipunan, una sociedad secreta que ya no aspiraba a reformas dentro de España, sino a la independencia lisa y llana.

La organización creció despacio pero con method, ganando terreno sobre todo en los ambientes urbanos y populares de Manila y sus provincias vecinas, y durante años logró algo nada fácil: que las autoridades españolas no llegaran a calibrar su verdadera dimensión.

Esa clandestinidad se rompió en agosto de 1896, cuando la conspiración fue descubierta. A partir de ese momento, sus dirigentes se encontraron ante un dilema sin buenas salidas: esperar significaba arriesgarse a ser detenidos antes de disparar un solo tiro. Bonifacio optó por actuar.

El Grito que encendió la revolución

Los katipuneros se reunieron cerca de Manila para decidir el paso siguiente. Aquí conviene ser honestos con las limitaciones de las fuentes: durante mucho tiempo se habló del Grito de Balintawak, mientras que hoy en Filipinas se prefiere hablar del Grito de Pugad Lawin, y ni siquiera hay acuerdo cerrado sobre si ocurrió el 23, el 24 o el 26 de agosto.

Pero discutir el lugar exacto o el día preciso es quedarse en lo accesorio. Lo que de verdad importa es el gesto: los revolucionarios rompieron públicamente sus cédulas personales —los documentos que los ataban fiscal y administrativamente a España— en un acto que era, en sí mismo, una declaración de guerra simbólica. A partir de ahí, ya no había vuelta atrás: había comenzado la Revolución filipina.

El Grito de la Cédula, imagen generada por IA.

Y aquí surge una pregunta obligada dado que el nombre de Rizal sigue tan ligado a esta historia que conviene despejar cualquier equívoco: ¿qué opinaba él de todo aquello?

La respuesta es clara: no estaba detrás de la rebelión. Antes de que estallara, los dirigentes del Katipunan enviaron a Pío Valenzuela a consultarle en su exilio de Dapitan, y Rizal fue tajante: consideraba que la insurrección estaba mal preparada y desaconsejó lanzarla en aquellas condiciones. No porque defendiera el sistema colonial —nadie lo había atacado con más dureza que él en sus novelas—, sino porque temía que una revuelta sin armas ni recursos suficientes terminara en una masacre. Conviene, por tanto, no confundir dos cosas: Rizal construyó intelectualmente el nacionalismo filipino, pero no organizó la revolución armada de 1896.

Una ejecución que se volvió en contra de quien la ordenó

La ironía histórica llegó poco después. Cuando estalló la revolución, Rizal había obtenido permiso para viajar a Cuba como médico militar, pero en pleno trayecto las autoridades españolas decidieron detenerlo y devolverlo a Manila. Fue acusado de rebelión, sedición y asociación ilícita, pese a que demostrar su participación directa en el levantamiento resultaba mucho más complicado que demostrar su peso intelectual sobre el movimiento.

Eso no impidió la condena. El 30 de diciembre de 1896, José Rizal fue fusilado en Bagumbayan, Manila.

El régimen colonial buscaba castigar a quien consideraba el responsable ideológico de la insurrección. Consiguió justo lo contrario: convirtió a Rizal en mártir. El intelectual que había desaconsejado la rebelión precipitada acabó siendo, a partir de su muerte, el gran símbolo de la nación filipina.

Jose Rizal ejecucion fusilamiento Manila 1896 grabado fotografia historica. Fuente: commons.wikimedia.org

Una revolución que también se devoraba a sí misma

Mientras tanto, la revolución distaba mucho de estar unida. En la provincia de Cavite había surgido un joven dirigente, Emilio Aguinaldo, cuyos éxitos militares crecían al mismo ritmo que su prestigio, empezando a eclipsar al propio Bonifacio.

No se trataba solo de rivalidades personales: había desacuerdos de fondo entre organizaciones locales sobre cómo debía articularse el nuevo poder revolucionario. En marzo de 1897, la Convención de Tejeros intentó zanjar la cuestión creando una nueva estructura política y eligió presidente a Aguinaldo. Bonifacio rechazó el resultado, y la disputa terminó de la peor manera posible: fue detenido por hombres del propio movimiento revolucionario, juzgado y ejecutado en mayo de 1897.

La revolución filipina, en pleno enfrentamiento contra España, acababa de eliminar a uno de sus propios fundadores. Desde entonces, Aguinaldo quedó como su líder indiscutido.

Biak-na-Bató: una paz que no era tal

A lo largo de 1897 el ejército español logró recuperar terreno y forzó a Aguinaldo y a los suyos a replegarse en la región montañosa de Biak-na-Bató. Pero, igual que estaba ocurriendo en Cuba, ganar batallas no equivalía a ganar la guerra: España conseguía victorias puntuales sin lograr una pacificación real.

Ante ese punto muerto, se abrieron negociaciones que desembocaron, en diciembre de 1897, en el Pacto de Biak-na-Bató: Aguinaldo y otros dirigentes aceptaron partir al exilio en Hong Kong a cambio de una indemnización económica y de promesas de reforma.

Sobre el papel, España había puesto fin a la guerra. En la práctica, solo había comprado una tregua: muchos insurgentes no entregaron las armas, las causas del conflicto seguían intactas y Aguinaldo no había enterrado en absoluto su proyecto independentista.

Bastaría con que estallara la guerra entre España y Estados Unidos para que Filipinas volviera, de golpe, al centro del tablero.

Dos rebeliones diferentes, un mismo problema colonial

Cuba y Filipinas no se rebelaron por exactamente las mismas razones. Mientras en Cuba pesaban décadas de guerra independentista, la cuestión racial, la dependencia de la economía azucarera y una larga discusión sobre la autonomía; en Filipinas tenían especial importancia el poder de las órdenes religiosas, la falta de representación política, las tensiones por la propiedad de la tierra y la aparición de nuevas élites intelectuales.

Pero ambos casos compartían algo. Durante décadas habían existido personas que intentaron reformar la relación con España sin romper necesariamente con ella. En Cuba existió un potente movimiento autonomista. En Filipinas, Rizal y otros ilustrados reclamaron reformas.

El problema fue que, cuando Madrid comenzó a aceptar cambios importantes, una parte de esos movimientos ya había llegado a la conclusión de que las reformas no eran suficientes. Y la alternativa pasó a ser la independencia.

1897: España cambia (tarde) de política

Hacia mediados de 1897 resultaba evidente que la estrategia seguida en Cuba no estaba dando resultado: Weyler había logrado aumentar la presión militar sobre la insurgencia, pero no destruirla. El giro llegó por una vía inesperada. El 8 de agosto de ese año, Antonio Cánovas del Castillo fue asesinado por el anarquista italiano Michele Angiolillo, lo que devolvió al poder a los liberales de Práxedes Mateo Sagasta. El nuevo gobierno cambió de rumbo: sustituyó a Weyler por Ramón Blanco, comenzó a desmontar la política de reconcentración y, sobre todo, intentó ofrecer una salida política al conflicto. En noviembre de 1897 aprobó una Carta Autonómica para Cuba y Puerto Rico que otorgaba a ambas islas instituciones propias y un grado considerable de autogobierno, aunque manteniéndolas bajo soberanía española.

El problema fue el momento en que llegó. Durante décadas, buena parte de la sociedad cubana había reclamado precisamente ese tipo de autonomía amplia; ahora que Madrid por fin estaba dispuesta a concederla, los dirigentes del Ejército Libertador ya no combatían por autogobierno, sino por la independencia plena. Lo que en 1878 o en 1890 podría haber tenido una fuerza política considerable, en 1897 llegaba demasiado tarde para reconducir un conflicto que ya había cambiado de objetivo.

El problema cubano deja de ser solo español

Mientras la guerra se prolongaba, otro país observaba los acontecimientos con creciente interés: Estados Unidos, cuya relación con Cuba era muy distinta a la de cualquier otra potencia extranjera. La isla estaba a escasa distancia de Florida, buena parte de sus exportaciones se dirigían al mercado estadounidense y empresarios norteamericanos tenían allí inversiones importantes; la destrucción provocada por la guerra afectaba, por tanto, directamente a esos intereses. A ello se sumaba un factor de fondo: Estados Unidos atravesaba entonces una fase de creciente peso internacional, con sectores políticos, militares y empresariales que consideraban el Caribe una zona estratégica y defendían una política exterior más asertiva. En ese contexto, la prolongación indefinida del conflicto cubano resultaba cada vez menos tolerable para Washington —y la reconcentración, en particular, le proporcionó a quienes defendían la intervención un argumento humanitario de peso.

La prensa amarilla: una explicación que conviene matizar

La guerra de Cuba se convirtió en uno de los grandes temas de la prensa estadounidense de la época. Los periódicos de William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer competían por el favor del público a base de titulares grandilocuentes, ilustraciones dramáticas y noticias narradas de la forma más espectacular posible —lo que ha pasado a la historia como «prensa amarilla»—. Weyler se convirtió en uno de sus villanos favoritos, y el hambre y las muertes entre los reconcentrados ocuparon sus páginas de forma constante.

Parte de aquella cobertura respondía a hechos reales: la crisis humanitaria existía y era grave. Pero determinados periódicos exageraron cifras, simplificaron la situación y presentaron el conflicto como un enfrentamiento sencillo entre una España brutal y un pueblo cubano unánimemente entregado a la causa de la libertad. Ese relato contribuyó, sin duda, a crear en la opinión pública estadounidense un clima favorable a la intervención. Conviene, sin embargo, evitar la simplificación contraria: la prensa amarilla no provocó por sí sola la guerra de 1898. Solo puede explicarse combinando la presión de esa opinión pública con los intereses económicos en juego, la preocupación por la inestabilidad crónica de la isla y el creciente impulso expansionista estadounidense en el Caribe. La prensa fue una pieza más del engranaje, no su única causa.

Enero de 1898: el USS Maine llega a La Habana

A comienzos de 1898, todo parecía indicar que España buscaba por fin una salida negociada: la autonomía cubana ya estaba en marcha, Weyler había abandonado la isla y en Filipinas regía una tregua tras el pacto de Biak-na-Bató. Pero el equilibrio era extremadamente frágil. La Carta Autonómica generaba rechazo en ambos extremos —insuficiente para los independentistas, una cesión excesiva para los sectores más españolistas—, y en enero estallaron disturbios en La Habana.

Fue en ese clima de tensión cuando Estados Unidos decidió enviar a la capital cubana el acorazado USS Maine, que entró en el puerto el 25 de enero. Conviene no interpretar ese movimiento de forma simplista: oficialmente se presentó como una visita naval y una medida de precaución para proteger los intereses estadounidenses si la situación se deterioraba, y España aceptó su presencia sin objeciones. Durante varias semanas, el buque permaneció fondeado sin incidentes: España y Estados Unidos seguían sin estar en guerra, la revolución cubana continuaba su curso, Aguinaldo esperaba en Hong Kong, y Sagasta todavía confiaba en que la autonomía lograra estabilizar la isla.

Esa calma tensa se rompió en la noche del 15 de febrero de 1898, cuando una explosión destruyó el Maine en el propio puerto de La Habana, matando a más de 260 tripulantes. Las causas exactas de aquel estallido se convirtieron de inmediato en objeto de controversia —una controversia que, en realidad, importa menos para entender lo que vino después que su efecto inmediato sobre el clima político—. Hasta ese momento, España combatía dos movimientos coloniales independientes; a partir de esa noche, se precipitó hacia un enfrentamiento directo con Estados Unidos. Y cuando esa guerra llegara, semanas más tarde, ya no se libraría solo en Cuba, sino también en Puerto Rico y Filipinas, cerrando en cuestión de meses la historia del imperio colonial español.

Glosario

  • Grito de Baire: denominación tradicional del inicio de la Guerra de Independencia cubana el 24 de febrero de 1895. En realidad, aquel día se produjeron levantamientos en diferentes localidades.
  • Partido Revolucionario Cubano: organización fundada por José Martí en 1892 para preparar y coordinar la lucha por la independencia.
  • Ejército Libertador: nombre empleado para las fuerzas independentistas cubanas que combatieron contra España.
  • Campaña de Invasión: ofensiva desarrollada principalmente por Máximo Gómez y Antonio Maceo para extender la guerra desde Oriente hasta las provincias occidentales de Cuba.
  • Trocha: sistema de fortificaciones utilizado por el ejército español para controlar el territorio y dificultar el desplazamiento de las fuerzas independentistas.
  • Reconcentración: política aplicada principalmente durante el gobierno de Weyler que obligaba a numerosos habitantes de las zonas rurales a trasladarse a localidades controladas por el ejército para impedir que prestaran apoyo a los insurgentes.
  • Ilustrados filipinos: generación de profesionales e intelectuales filipinos que reclamó reformas políticas y sociales y desempeñó un papel fundamental en la aparición del nacionalismo filipino.
  • Liga Filipina: organización reformista creada por José Rizal en 1892.
  • Katipunan: organización revolucionaria clandestina fundada en 1892 que defendía la independencia filipina mediante la insurrección armada.
  • Cédula personal: documento administrativo y fiscal obligatorio. Su destrucción durante el levantamiento de 1896 simbolizó el rechazo de la autoridad colonial española.
  • Grito de Pugad Lawin: denominación utilizada para uno de los episodios que marcaron el inicio de la Revolución Filipina en agosto de 1896.
  • Pacto de Biak-na-Bató: acuerdo de diciembre de 1897 que estableció una tregua en Filipinas y llevó a Aguinaldo y otros dirigentes revolucionarios al exilio en Hong Kong.
  • Carta Autonómica de 1897: régimen aprobado por el gobierno de Sagasta para Cuba y Puerto Rico, mediante el cual ambas islas recibieron instituciones de autogobierno dentro de la soberanía española.
  • Prensa amarilla: periodismo sensacionalista desarrollado en Estados Unidos a finales del siglo XIX y relacionado especialmente con los periódicos de Hearst y Pulitzer.
  • USS Maine: buque de guerra estadounidense enviado a La Habana en enero de 1898. Su explosión el 15 de febrero contribuyó decisivamente a acelerar la crisis entre España y Estados Unidos.

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