Sanfermines: el verdadero origen de la fiesta

Si hoy alguien te dice «San Fermín», seguramente pensarás en un pañuelo rojo, un toro persiguiendo a cientos de personas y media Pamplona convertida en una fiesta permanente. Lo curioso es que todo ese espectáculo empezó de una forma mucho menos heroica: cuadrando un calendario. Porque sí, antes de que los sanfermines se identificaran en todo el mundo con los encierros y con ese inconfundible blanco y rojo —una vestimenta que, por cierto, no se popularizó hasta bien entrado el siglo XX—, fueron simplemente la unión de tres celebraciones que ya existían: la fiesta religiosa de San Fermín, la feria de ganado y los festejos populares del verano. Lo que empezó como una cuestión de calendario acabó convirtiéndose en una de las fiestas más conocidas del planeta.

San Fermín, el patrón que llegó tarde a su propia fiesta

Empecemos por el santo, que buena parte del cachondeo tiene su nombre, pero muy poco de su verdadera historia. Fermín era, según la tradición, hijo de un senador romano de Pamplona convertido al cristianismo por el mismísimo San Saturnino allá por el siglo III. Según la tradición, llegó a ser obispo, marchó a predicar por la Galia y acabó decapitado en Amien, Francia, en fecha tan discutida como el propio santo, unos la sitúan en torno al año 303 y otros varios siglos después. Vamos, que ni la Iglesia se pone de acuerdo, y eso que llevan reescribiendo santorales desde hace mil setecientos años.

Lo curioso es que, siendo el patrón de Pamplona, San Fermín no tuvo fiesta propia en la ciudad hasta bastante tarde. Su festividad litúrgica se celebraba el 10 de octubre, un día que en Navarra, en pleno otoño, era una ruina para organizar cualquier cosa al aire libre. Así que en 1591 las autoridades civiles y eclesiásticas acordaron celebrar la gran fiesta de San Fermín el 7 de julio, haciéndola coincidir con las ferias comerciales de verano que ya llenaban Pamplona de mercaderes y ganaderos. Dos pájaros de un tiro: se juntaba a los mercaderes que venían a comprar y vender reses con los peregrinos que venían a rezar, y de paso se ahorraban organizar dos eventos en fechas distintas. Puro sentido práctico municipal, el mismo que hoy nos hace juntar el puente con el día que cae entre semana.

De arrear vacas a esquivarlas por las calles

Claro que, para que existiera un encierro, primero tenía que haber una corrida. Y la había. Los toros ya formaban parte de las fiestas de julio mucho antes de que nacieran los sanfermines tal y como los conocemos hoy. Cada tarde había que llevar las reses desde los corrales, situados a las afueras de la ciudad, hasta la plaza donde iban a lidiarse. Al principio aquello no tenía nada de festivo: era simplemente el trabajo de pastores y vaqueros.

Y aquí llegamos a la pregunta que todo el mundo se hace alguna vez: ¿por qué demonios corre la gente delante de los toros? La respuesta no tiene nada de heroica ni de ancestral ritual mágico. Es logística ganadera de manual. Nada de ceremonias paganas ni misterios ancestrales. Sencillamente los jóvenes de Pamplona empezaron a sumarse al recorrido por pura diversión y por demostrar quién era el más valiente. Con los siglos, esa gamberrada espontánea se fue regulando, se instalaron vallas, se fijó un recorrido oficial de unos 850 metros y en 1867 el Ayuntamiento reguló por primera vez por escrito cómo debía correrse, principalmente para intentar que la gente dejara de matarse.

Porque sí, otro mito que conviene desmontar: el encierro nunca ha sido inofensivo. Desde que existen registros, ha habido muertes, la mayoría por asta de toro o por las estampidas de gente cayendo unos sobre otros, que suele ser más letal que el propio animal. La imagen romántica del encierro como juego festivo convive, siempre, con la crudeza de que ahí se juega literalmente la vida.

Hemingway y el marketing accidental del siglo XX

Si los sanfermines fueran solo una fiesta local navarra, probablemente no estaríamos hablando de ellos hoy con repercusión mundial. El salto a la fama internacional tiene nombre y apellido: Ernest Hemingway, que visitó Pamplona por primera vez en 1923 y quedó tan fascinado con el ambiente que lo convirtió en escenario central de su novela «Fiesta» (The Sun Also Rises), publicada en 1926. Aquello fue, sin que nadie lo planeara, la mejor campaña de promoción turística que ha tenido jamás una fiesta española. Ninguna campaña de Turespaña, ningún influencer y ningún community manager con presupuesto ilimitado habrían conseguido lo que hizo un escritor americano con una libreta, unas copas de vino y una novela: convertir una feria ganadera de provincias en un destino obligado para turistas de medio planeta.

Desde entonces, los sanfermines no han dejado de crecer en dimensión y en contradicciones. Por un lado, siguen siendo, para muchos pamploneses, una fiesta profundamente local, con sus peñas, sus comparsas de gigantes y cabezudos, y ese ritual casi sagrado del chupinazo el 6 de julio a mediodía, cuando un cohete lanzado desde el balcón del Ayuntamiento da el pistoletazo de salida a nueve días de descontrol organizado. Por otro lado, se ha convertido en un fenómeno de masas globalizado, con toda la parafernalia que eso implica: overbooking, precios disparados, comportamientos que poco tienen que ver con la devoción a un santo decapitado en el siglo III, y un debate cada vez más presente sobre el maltrato animal y el sentido de mantener una tradición que implica, guste o no, sufrimiento de los toros.

El final que empieza otra fiesta

Los sanfermines terminan siempre igual, el 14 de julio a medianoche, con miles de personas cantando el «Pobre de mí» frente al Ayuntamiento, una canción que es, en el fondo, un lamento colectivo por que se acabe la fiesta. Es un cierre curiosamente honesto: no hay épica, no hay gran discurso, solo gente reconociendo en voz alta que preferiría que aquello no terminase nunca.

Y ahí queda la paradoja de fondo, la misma que atraviesa toda la historia de esta fiest, los sanfermines acabaron tomando la forma que hoy conocemos gracias a una decisión administrativa que unió varias celebraciones en una sola semana. Se transformó en un ritual de riesgo real convertido en espectáculo, y terminó siendo exportada al mundo entero gracias a un escritor extranjero que ni siquiera era español. La Historia tiene estas cosas: un santo decapitado, una feria de ganado y unos cuantos mozos corriendo porque sí acabaron convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de España en todo el planeta. Hay tradiciones que nacen de grandes gestas. Y otras, simplemente, de cuadrar bien una agenda municipal.

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