Los Frentes Populares en la década de los treinta: cuando Europa descubrió que pelearse entre amigos era el mejor regalo para los fascistas
«Todos sentís que la libertad francesa está amenazada, igual que la paz europea.»
— Léon Blum, mensaje radiofónico durante la campaña del Frente Popular, abril de 1936.
Hay una costumbre muy humana que se repite una y otra vez a lo largo de la historia, y no es otra cosa que solo nos damos cuenta del problema hasta que este explota.
Y eso pasó en la década de los 30 … Desde finales de la Primera Guerra Mundal, Europa estaba viendo como crecian los movimientos ultranacionalistas, autoritarios y violentos. Y mientras unos desfilaban uniformados y prometían acabar con la democracia, la izquierda seguía ocupada en discutir quién era más revolucionario que quién.
Hasta que llegó 1933.
Y entonces se acabaron las discusiones.
O, al menos, algunas.
El día que Alemania dio un susto a toda Europa
El 30 de enero de 1933, el presidente alemán Paul von Hindenburg nombró canciller a Adolf Hitler.
Lo hizo pensando que podría controlarlo.
No fue la mejor decisión de su carrera.
En pocas semanas, Hitler liquidó libertades, persiguió adversarios políticos y transformó la democracia alemana en una dictadura.
Lo más doloroso para la izquierda europea fue comprobar que socialistas y comunistas, enfrentados entre sí durante años, habían sido incapaces de construir una alternativa común.
Mientras discutían sobre quién representaba al auténtico proletariado, los nazis habían ganado la partida.
Aquella lección quedó grabada a fuego.
Cuando Moscú cambió de opinión
La situación era tan evidente que incluso la Internacional Comunista, dirigida desde Moscú, tuvo que reconocer que quizá aquello de considerar enemigos a todos los demás partidos de izquierda no estaba funcionando especialmente bien.
Era una conclusión bastante razonable después de que los nazis hubieran tomado el poder en el país industrial más importante de Europa.
Así que en 1935, durante el VII Congreso de la Internacional Comunista, se produjo un giro histórico.
La nueva consigna era sencilla:
Si el fascismo avanza unido, los demócratas tendrán que dejar de dividirse.
Dicho de otra forma: ya habría tiempo para discutir después; primero había que evitar que desapareciera la democracia.
Y así nacía la política de los Frentes Populares.
El experimento francés
El primer gran ensayo llegó en Francia.
Allí la amenaza parecía muy real. Los movimientos de extrema derecha crecían con fuerza y muchos franceses observaban con preocupación lo que había ocurrido en Alemania.
Así que socialistas, comunistas y republicanos radicales decidieron hacer algo que hasta hacía poco parecía imposible: presentarse juntos.
Y funcionó.
En mayo de 1936 ganaron las elecciones convirtiendo al socialista Léon Blum en primer ministro.
Los trabajadores franceses celebraron la victoria ocupando fábricas, negociando mejoras laborales y consiguiendo avances que hoy parecen normales pero entonces eran revolucionarios, como las vacaciones pagadas o la semana laboral de cuarenta horas.
Así, por primera vez, miles de trabajadores podían permitirse algo tan extravagante como irse unos días de vacaciones.
Parece poca cosa hasta que recuerdas que sus padres habían trabajado toda la vida sin conocer algo parecido.
Y mientras tanto, en España…
España observaba todo aquello desde una situación bastante más complicada.
La Segunda República había nacido en 1931 llena de expectativas, pero cinco años después el país estaba profundamente dividido.
Las elecciones de 1933 habían llevado al poder a las derechas.
La Revolución de Octubre de 1934 había terminado con miles de detenidos.
La tensión política crecía.
La desconfianza entre unos y otros también.
Y, sin embargo, ocurrió algo parecido a lo que estaba sucediendo en Francia.
Muchos dirigentes concluyeron que, separados, tenían pocas posibilidades de ganar unas elecciones diseñadas para premiar las coaliciones amplias.
Así nació el Frente Popular.
Un programa mucho menos revolucionario de lo que suele contarse
Aquí conviene desmontar uno de los grandes mitos construidos después de la Guerra Civil.
El programa firmado en enero de 1936 no era un proyecto para implantar una dictadura comunista ni una revolución inmediata.
De hecho, resultaría decepcionante para cualquier revolucionario impaciente.
Lo que proponía era algo bastante más modesto:
- Recuperar reformas paralizadas.
- Restablecer libertades suspendidas.
- Conceder una amnistía a los encarcelados por los sucesos de octubre de 1934.
- Reactivar la legislación social.
- Defender el régimen republicano.
Los propios socialistas renunciaron a incluir muchos de sus objetivos máximos para mantener la unidad de la coalición.
El acuerdo consistía precisamente en eso: dejar para otro día las grandes diferencias ideológicas.
El triunfo de febrero de 1936
El 16 de febrero de 1936 el Frente Popular ganó las elecciones.
No por una diferencia gigantesca en votos, pero sí suficiente para obtener una amplia mayoría parlamentaria gracias al sistema electoral de la época.
Lo que ocurrió después forma parte de una historia mucho más conocida.
La creciente polarización política.
La conspiración militar.
La violencia en las calles.
El asesinato de Calvo Sotelo.
Y finalmente el golpe de Estado de julio de 1936 que desembocó en la Guerra Civil.
La paradoja de los Frentes Populares
La gran ironía histórica es que los Frentes Populares nacieron para salvar la democracia en una Europa que se estaba deslizando hacia el autoritarismo.
En Francia resistieron algunos años.
En España apenas tuvieron unos meses.
Pero ambos formaban parte de un mismo fenómeno internacional: la convicción de que, ante una amenaza común, las diferencias podían aparcarse temporalmente.
No porque desaparecieran.
No porque todos pensaran igual.
Sino porque algunos creían que había algo más urgente que ganar la discusión: evitar que la discusión dejara de ser posible.
Y esa fue, probablemente, una de las cuestiones más importantes de toda la década de 1930 … Y de otras épocas …
