El Motín del Té de Boston: cuando el antiimperialismo duró lo que duró

Cada 4 de julio, Estados Unidos saca la artillería pesada. No hablamos del ejército, sino de los fuegos artificiales, las barbacoas y los discursos sobre la libertad. Se celebra el día en que trece colonias decidieron mandar a paseo al Imperio británico porque ya estaban bastante hartas de que alguien al otro lado del Atlántico les dijera cómo tenían que vivir, cuánto debían pagar y, sobre todo, quién tenía derecho a decidir por ellas. Lo que ya resulta bastante más difícil de explicar es cómo ese mismo país lleva meses con un presidente que impone aranceles al resto del mundo sin negociación, presiona a sus vecinos con anexiones territoriales y trata los tratados internacionales como si fueran sugerencias de un subordinado. Pero bueno. Las contradicciones históricas son el deporte nacional de todas las potencias, y Estados Unidos no iba a ser menos.

Así que hoy, mientras medio mundo aguanta el tipo ante el nuevo Imperio del Oeste, conviene recordar cómo empezó todo esto. Porque la historia del nacimiento de los Estados Unidos es, entre otras cosas, la historia de lo que le pasa a un imperio cuando se cree con derecho a decidir por los demás. Spoiler: no acaba bien.

Todo empezó por unas cajas de té

Corría el año 1773, y los colonos americanos llevaban ya una temporada bastante cabreados. No era para menos. Los británicos, convencidos de que gobernar un territorio desde el otro lado del Atlántico era perfectamente razonable, habían decidido que la mejor forma de sufragar las deudas de sus guerras era meter la mano en el bolsillo de unas colonias que, por cierto, no tenían ni un solo representante en el Parlamento de Westminster. «No taxation without representation», gritaban los colonos. El Parlamento, desde Londres, hacía como que no oía.

¿Y sobre qué se montó todo el tinglado? Sobre el té. Sí, el té. Esa bebida que los británicos veneran como si fuera un sacramento y que, irónicamente, acabó costándoles un imperio.

La historia empieza con la Compañía Británica de las Indias Orientales, que en 1773 estaba en quiebra técnica y tenía almacenes llenos de té sin vender. La solución que se le ocurrió al Parlamento fue una de esas genialidades que solo se entienden si uno lleva varios siglos gobernando sin que nadie le lleve la contraria: la Tea Act. La ley permitía a la Compañía vender su té directamente en las colonias, saltándose a los comerciantes locales y, gracias a un descuento fiscal trampeado, a un precio incluso más barato que el té de contrabando. Vamos, lo que hoy llamaríamos una operación de dumping con respaldo gubernamental.

¿El problema? Que a los colonos les importó más bien poco el precio. Lo que les importaba era el principio: si aceptaban ese té barato, estaban aceptando implícitamente el derecho del Parlamento a imponerles impuestos sin su consentimiento. Era una trampa envuelta en papel de estraza y atada con un lazo muy bonito.

Así que en los puertos de varias ciudades, los barcos con el té de la Compañía fueron recibidos con lo que podríamos llamar una fría indiferencia activa. En Charleston dejaron el cargamento pudrirse en los almacenes. En Filadelfia y Nueva York directamente mandaron los barcos de vuelta a Inglaterra. Pero en Boston, el gobernador Thomas Hutchinson —un hombre que tenía la habilidad política de un rinoceronte en una cacharrería— se negó a permitir que los barcos se marcharan sin descargar.

Ahí fue cuando entró en escena Samuel Adams. Político, agitador, y fundador de los Sons of Liberty, una organización que sonaba a hermandad cívica y funcionaba más bien como una sociedad de presión con vocación de bronca callejera. El 16 de diciembre de 1773, Adams convocó una reunión multitudinaria en la Old South Meeting House de Boston a la que asistieron miles de personas. Al final del discurso, no hubo votación ni propuesta formal, lo que si hubo es un grito de guerra que más o menos venía a decir «¡esta reunión no puede hacer nada más para salvar al país!», y aquello fue la señal.

Esa misma noche, un grupo de entre 116 y 130 hombres —disfrazados de indios mohawk, porque en el siglo XVIII el concepto de coartada política era más bien rudimentario— se dirigió al puerto. En tres horas, subieron a bordo de los tres barcos anclados: el Dartmouth, el Eleanor y el Beaver. Y allí, con una eficiencia que habría envidiado cualquier empresa de logística moderna, sacaron 342 cofres de té y los arrojaron a las aguas del puerto de Boston. Un total de 46 toneladas de té. Al precio de hoy, algo así como un millón de dólares convertido en una infusión salada.

Lo llamativo del asunto es lo que no hicieron: no robaron nada, no agredieron a nadie y, según cuentan las crónicas, hasta repusieron el candado de un baúl que habían roto accidentalmente. Fue una protesta quirúrgica, casi elegante, si uno ignora el hecho de que estaban destrozando propiedad ajena disfrazados de otra etnia.

La reacción de Londres fue exactamente la contraria de lo que la situación requería. En lugar de buscar una salida negociada, el Parlamento aprobó en 1774 las llamadas Coercive Acts —o «Leyes Intolerables», como las bautizaron los colonos, que tenían mejor ojo para el naming político—. Se cerró el puerto de Boston, se restringió el gobierno local de Massachusetts y se exigió a los colonos que alojaran tropas británicas en sus casas. Si buscaban aplastar el fuego con gasolina, lo consiguieron.

Dieciséis meses después del Motín del Té, en abril de 1775, sonaron los primeros disparos de la Guerra de Independencia en Lexington y Concord. Y en julio de 1776, las trece colonias declaraban su independencia de la Corona británica.

Todo por no permitir que unos barcos se marcharan sin descargar el té.

Lo que el té dejó escrito

La ironía final —porque la historia tiene muy buen gusto para la ironía— es que Estados Unidos acabó convirtiéndose en un país de café. El té, definitivamente, perdió la batalla.

También mantuvo viva aquella idea con la que nació, la de que nadie volvería a imponerle sus normas desde arriba. Lo que la Declaración de Independencia no aclaraba era que ellos sí se reservarían el derecho de imponer las suyas a los demás.

Feliz 4 de julio.

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